Rompeolas

Se desliza
como serpiente jugando,
mi lengua en tu miel;
placer, y quizá pecado
al sentir tus manos
erigiendo el faro del regocijo,
señalando la llegada,
con rumbo desorientado,
de una tormento húmeda;
y llueve, sólo llueve;
en tu boca, en la mía,
el deseo en forma de vapor,
mientras escuchamos juntos
la calma en la punta del rompeolas.

Llueve

Un trabajo limpio

—Después de todo el rollo que has soltado no me ha quedado claro si habrán guardias de seguridad —dijo el Gordo.

Ismael suspiró intentando calmarse.  Siempre que explicaba los planes a su compinche terminaba de la misma manera, gritando encolerizado. Si contaba con él era porque no tenía otra opción, nadie más quería ayudarle en sus golpes, tenía fama de gafe. En su último robo tuvo la mala fortuna de quedarse encerrado en el ascensor, y allí permaneció hasta que un técnico, acompañado por la policía, lo sacaron de dentro. Sin embargo, el Gordo, aunque era un poco lelo y le costaba entender las instrucciones, siempre estaba a su disposición; era un buen tío y nunca cuestionaba nada.

—¿Tú eres tonto?

—Solo quiero saberlo para no llevar balas de más. No me gusta malgastar.

—¡El punto número uno! —gritó— ¿Es que no he dejado claro que no quiero ningún disparo? ¡Limpio, tiene que ser un trabajo limpio!

Ambos callaron durante unos segundos. Después, el Gordo, con un gesto de incertidumbre volvió a preguntar:

—¿Me dejas el móvil?

—¿Para qué coño lo quieres? —gritó una vez más Ismael.

—Tengo que avisar a mi madre. No sé si tendrá la colada lista para esa hora.

Eres arte

Eres arte entre mis brazos. Cuando te miro a los ojos, me doy cuenta de que no son parte de tu cuerpo. Son dos luceros que quizá provengan de otra galaxia, aquí es imposible encontrar otros iguales. Luego me fijo en tus facciones, dulces y seductoras, más bien propias de un fresco, de esos que permanecen a buen recaudo en un museo. Sólo apto para miradas exigentes. Eres arte, mujer. Todas las noches te recuerdo como un soneto. Tus palabras no son vocablos, son cada una de las letras de una balada. Eres arte, en cambio yo, poco puedo hacer por entenderte. Tan sólo soy un paleto embobado ante algo que se le queda grande: tu belleza.

El destierro

Habla la cama de mí, de ti; y no cuenta más que verdades sobre ese destierro al que han ido a parar nuestras caricias.

Aullidos

Quiero hablar de gritos, de poemas convertidos en alfileres que la luna se ha negado a coser, porque dice que ya no soy el de ayer; aun así, desdichado, me reservo mi derecho para aullar en soledad. No se me da nada mal.

La primera cita

—¿De verdad lo mataste?
—Sí…no…tal vez; —volvió a dibujar esa sonrisa estúpida que tanto le gustaba poner cuando tenía un policía delante— pero te aseguro que está descansando.
—¿Y lo dices así, sin más? —el detective preguntó irritado, moviendo el cañón de su arma de arriba abajo, sin apartarla del pecho del presunto asesino.
—Bueno, pido perdón. Quizá debería haberlo cantado al ritmo de You are the sunshine of my life, mientras te miro a los ojos. Eso es lo que os gusta a los polis como tú.
—¡Cuidadito! ¡Te estás equivocando conmigo! —su dedo índice se aferró con ganas al gatillo de la pistola, con ganas de disparar.
—Sí, me acabo de dar cuenta; veo que eres de los que no follan en la primera cita; es una verdadera lástima.

Amigos para siempre

Y ahora, con el sabor del carmín de tus labios, comprendo el estado agridulce que desde niños nos mantiene unidos. No rompas aquella promesa que en su día me hiciste, por un carnal beso. Tarde o temprano se nos pasará el capricho y te necesitaré como antaño.

 

Temido final

Te imagino leyendo cada uno de mis versos, emocionada tras cada coma, tras cada punto y seguido; te imagino tan conectada a mí, pasando tu dedo índice entre mis líneas, que me supone un auténtico castigo saber que no tardarás en musitar el final.

 

#Hashtags

El viejo Blas llegó montado en su vespino de color rojo. Llevaba un cajón cargado de patatas de su propia cosecha. Aunque estaba jubilado, jamás renegó de la buena costumbre de #madrugar. Se levantó temprano, y después de beberse un café, tocado con la simpatía del Terry, acudió hasta su granja para realizar las tareas cotidianas: mimar a su animales para obtener la mejor leche.

Pero esa mañana hizo algo nuevo. Hincó las rodillas en el suelo y se puso al lado de Marina, su cabra más fotogénica. Luego pulsó el botón rojo del móvil, y envió un #selfie muy simpático a su nieta: “¡Saludos desde la Moncloa!”, escribió con sorna el abuelo. Blas no tardó en recibir una respuesta: “Abu stas peor qla kbra! xD <3”.

El hombre se alegró al imaginar la enorme sonrisa. Se notó #melancólico por tenerla muy lejos, pero satisfecho al encontrarla más cerca gracias al móvil. Se sintió un #crack, aunque no llegó a descifrar todo el mensaje.