Feria Libro Moncofa 2018

El pasado domingo 12 de agosto, estuve en la Feria del Libro de Moncofa, invitado por la Librería Argot de Castellón. Fue una jornada muy interesante, en la que dediqué ejemplares de mi última novela corta, “Pídeme no morir”. Esta feria tiene algo especial, no sé si es el relajante sonido del mar, a escasos metros de las haimas, o la amistad que ha surgido durante estos últimos años entre los valientes participantes (organizadores, libreros, escritores), pero es mi cuarto año consecutivo que participo. La gente, encantadora, no duda en acercarse hasta los escritores y preguntarles por sus obras, sin miedo y con mucha curiosidad. En esta ocasión no fue distinto, me topé con lectores que ya conocían parte de mi trabajo, y resultó un verdadero placer poder hablarles un poquito de la vida de Conrado Falciatore y su viaje hasta España. El año que viene, espero volver. ¡Gracias, Moncofa!

 

La fantasía

Temido final

Te imagino leyendo cada uno de mis versos, emocionada tras cada coma, tras cada punto y seguido; te imagino tan conectada a mí, pasando tu dedo índice entre mis líneas, que me supone un auténtico castigo saber que no tardarás en musitar el final.

 

#Hashtags

El viejo Blas llegó montado en su vespino de color rojo. Llevaba un cajón cargado de patatas de su propia cosecha. Aunque estaba jubilado, jamás renegó de la buena costumbre de #madrugar. Se levantó temprano, y después de beberse un café, tocado con la simpatía del Terry, acudió hasta su granja para realizar las tareas cotidianas: mimar a su animales para obtener la mejor leche.

Pero esa mañana hizo algo nuevo. Hincó las rodillas en el suelo y se puso al lado de Marina, su cabra más fotogénica. Luego pulsó el botón rojo del móvil, y envió un #selfie muy simpático a su nieta: “¡Saludos desde la Moncloa!”, escribió con sorna el abuelo. Blas no tardó en recibir una respuesta: “Abu stas peor qla kbra! xD <3”.

El hombre se alegró al imaginar la enorme sonrisa. Se notó #melancólico por tenerla muy lejos, pero satisfecho al encontrarla más cerca gracias al móvil. Se sintió un #crack, aunque no llegó a descifrar todo el mensaje.

 

 

Amor de madre

Siempre que me preguntan si tengo familia, digo que soy madre soltera luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Cuando digo que tengo cinco bichejos emancipados y viviendo en un acuario, se extrañan y me preguntan si son biólogos marinos. Al negarlo y decirles que simplemente son cinco hermosos calamares, se quedan asombrados. Es habitual que me pregunten si estoy de broma. Jamás me tomaría a guasa los temas relacionados con mis hijos. Es más, cuando frunzo el ceño y hago notar mi seriedad, la gente se ofende y me dejan con la palabra en la boca, como si estuviera loca. Y no es verdad, no estoy mal de la cabeza. La cuestión es más sencilla, aunque haya personas que no logren entenderlo. Por algún motivo bastante desconocido, algún calamar que tomé años atrás, engendró nueva vida en mí. Para la mayoría, el hecho de pensar en ello, supone una aberración. Yo simplemente lo tomé conforme vino, soy muy feliz con ello. El que no tuvo la felicidad de sentirse amado, nunca podrá ofrecer a sus hijos el amor que no tuvo.

Mis calamarcitos, ni fuman, ni beben, ni se drogan. Se comportan de manera muy educada. Nunca se atrevieron a levantarme la voz, y por ese motivo me siento muy orgullosa de ellos. Ahora tomo mis precauciones, ya no hago nada a pelo. Siempre hiervo a conciencia cualquier alimento antes de ingerirlo. No está la vida como para tener más hijos.

 

¡Shhh!

Todo ocurrió en una de esas temporadas en las que crees que alguien te ha echado mal de ojo. Nada me salía bien. Me despidieron del trabajo, mi mujer me dejó por otro hombre, y para colmo de los males, mi madre cayó muy enferma por culpa de un cáncer de pulmón. Todo un puñetero pack gratuito de desgracias.

Al poco tiempo de enterarnos de la enfermedad de mi madre, la ingresaron de urgencia en el Hospital Provincial de Castellón, para tratar el temido tumor que se le había propagado por todo el cuerpo. Las palabras del Dr. Quijano, el responsable de oncología del centro, no fueron muy esperanzadoras. Cada uno de los mensajes pesimistas que salían por su boca,  se convertían en auténticos escupitajos cargados de dolor e impotencia disparados a bocajarro contra mi corazón.

Toda esa tragedia ocurrió en el verano más bochornoso que jamás he vivido.  Recuerdo a mamá abanicándose, a pesar de su estado, luciendo en su cara esa simpatía andaluza que corría por sus venas: «Coge dinero de mi monedero y ve a tomarte algo fresco, Manuel», me dijo una noche al verme sofocado frente al cristal de la ventana, con los botones de la camisa despasados por culpa del sudor y la mirada perdida en la calle, pensando en la miserable vida que me había tocado vivir. Lo hubiera dado todo por cambiarme con ella. No se merecía esa cruel enfermedad que se la estaba llevando a marcha forzada.

Le hice caso, pero no cogí el dinero de su bolso.  Me acerqué hasta ella y le di un beso en la frente: «Ahora vuelvo enseguida, mamá», le dije muy despacio para que pudiera conciliar el sueño. Antes de salir por la puerta volvió a llamarme.

—¡Manuel!

Me giré para verla y noté en su cara la expresión más tierna que jamás le  había visto.

—Dime, mamá.

—¡Te quiero, hijo! —me dijo sonriendo, con sus ojos convertidos en dos luceros brillantes.

Le respondí con mi mejor sonrisa, esa que suele dar las gracias sin decir ni una palabra. Cerré la puerta despacio y salí a buscar un refresco.

Lo recuerdo a la perfección, eran casi las once de la noche cuando me dirigía por el pasillo del hospital hacia una de las máquinas expendedoras de bebida. Me topé con un par de enfermeras que caminaban despacio, mucho más lento de lo normal. Pero eso no fue lo que me extrañó de ellas, sino que lo hacían sin dirigirse la palabra, en una sepulcral procesión. Sus piernas se movían al compás del segundero que pendía sobre la puerta de la salida: «tic, tac, tic, tac», pude escuchar el movimiento de las agujas. Cuando pasé por su lado las saludé, pero ellas no respondieron. Ni siquiera me miraron, tan sólo siguieron con la vista puesta en el frente, intentando llegar a su destino sin que nada ni nadie las entretuviera. Su indumentaria también me resultó curiosa, pues era la primera vez que veía a dos enfermeras lucir una especie de gorrito en la cabeza con una cruz roja dibujada, algo muy vetusto y extraño.

No le di más importancia, me senté en uno de los bancos del diminuto parque interior de la clínica. Fumaba un cigarro a la vez que daba pequeños sorbos a lata de refresco de cola que me compré. Entre calada y trago empecé a martirizarme por toda mi situación personal. Intenté convencerme de que yo no era el responsable de mi mala suerte, pero en realidad no era así; tenía parte de culpa como ser humano que exhalaba vida entre respiro y respiro.

Me sentó bien el refrigerio y apagué con fuerza la diminuta punta del cigarro en un cenicero. Eché de mis pulmones la última calada y decidí regresar.

Antes de llegar a la habitación volví a ver a lo lejos a esas dos enfermeras antipáticas, pero pronto advertí que no iban solas. Una mujer mayor las acompañaba. Iba entre las dos sanitarias, flanqueada por el silencio y la seriedad. No tardé en comprobar que la anciana se trataba de mi madre. Me pareció muy raro que a esa hora la sacaran de su habitación, pues en realidad estaba débil para hacerlo. No pude evitarlo, grité desde la distancia:

         —¡Mamá!

Ella se detuvo. Se dio la vuelta para saludarme y me dijo adiós con la mano. Una de las sanitarias tiró de su brazo para que reanudara la marcha. Luego recibí por parte de esa misma mujer un reproche; puso su dedo índice sobre sus labios y escuché un desagradable siseo: «¡Shhh!», me mandó callar. Después retomaron el paso y se dirigieron hacia el final del pasillo.

Aquello no me pareció normal. Corrí hasta ellas, pero poco antes de darles alcance vi algo que me impactó: mamá y aquellas dos extrañas desaparecieron a través de la pared del fondo.

Volví a correr, pero cuando llegué no pude hacer más que tocar el duro y frío tabique. Allí no había nadie, era imposible que nada pudiera atravesar el muro. No me moví del lugar durante unos minutos. Creí que tal vez había sido una cruel recreación de mi cabeza, pues llevaba demasiado cansancio acumulado.

Le quité importancia y regresé a la habitación. Antes de abrir la puerta sentí un ligero escalofrío recorrer por mi cuerpo. Cuando entré y vi a mi madre yaciendo sobre la cama lo comprendí todo. Su cuerpo ya no respiraba. Su cara pereció con la misma sonrisa que me regaló minutos antes. Cerré sus ojos para abrir el luto en los míos. Mis lágrimas y un último beso que le di en la frente fueron su único equipaje para cruzar al otro lado. No le ganó la jugada al cáncer, pero al fin pudo descansar, se lo merecía.

Desde entonces, cada vez que alguien pide silencio presto atención a todo lo que me rodea. El mutismo huele a muerte y yo intentaré escapar de ella. Aunque cien tuertos me hayan mirado, vivir merece la pena.

Una copa más

Desperté en el mismísimo infierno, con la horrible sensación de no poder respirar; intenté llenar los pulmones con aire fresco. ¡Qué ingenuo ahora que lo recuerdo! Lo único que logré inhalar fue la muerte, perfumada con el azufre de todas aquellas almas endemoniadas que desfilaban una tras otra entre las llamas, afligidas por el duro calor, entre  penosos cánticos al verse perdidas en aquel maldito lugar. Intenté aflojarme la corbata, y entonces fue cuando descubrí que mi cuerpo ya no era mío; de hecho no tenía torso, ni brazos, ni piernas, ni pies… simplemente era un trozo de carne podrida, que a duras penas se mantenía erguido. En ese momento lloré, las lágrimas se convirtieron en ácido, quemaba a su paso lo poco que quedaba de mi rostro, sin compasión; si estaba muerto, el dolor decía lo contrario, era insoportable. Una de aquellas tétricas almas abandonó el desfile y vino hacia mí. Destacaba de las demás por su enorme estatura. Con cada paso, el hedor a putrefacto se hacía más insoportable, supongo que si no vomité fue porque tampoco tenía estómago para hacerlo. Tras escuchar su voz empecé a comprenderlo todo.

      —Te sobró la última copa…

—¿Dónde estoy? —pregunté sollozando.

    Al ente mis preguntas le parecieron absurdas, lo demostró riéndose a gusto, con tanta malicia que en su cara se dibujaron dos ojos de fuego.

     —Estás donde debes. Siempre dijiste en vida que te gustaría terminar en el infierno. Ahora que estás aquí no se te ve especialmente contento —volvió a reír. Lo hizo de una forma tan exagerada que el resto de almas miraron hacia nosotros. Ellas hicieron lo mismo, las miles de risas caldearon aún más las llamas del infierno.

  —¡No entiendo nada! —dije desesperado— Recuerdo estar sentado frente la barra de un bar de carretera, maldiciendo mi vida,  y…

       El demonio soltó una carcajada. Parecía conocer la historia, disfrutaba con cada segundo de mi agonía.

     —Sigue, parece que vas recordando —me sugirió.

  —Entonces entró ella, la mujer más exótica y extraña que he conocido. Me pareció raro que se enfilara directamente hacia mí. Recuerdo que me quitó la bebida, y me susurró al oído que ya había bebido bastante. Después simplemente se marchó de allí, salió del garito con la copa en la mano.

     —Malditos ángeles —me pareció escucharle decir, en lo que fue un leve susurro. Me pidió que no detuviese el relato.

    —Nunca he sabido aceptar los buenos consejos, pero esa mujer me transmitió confianza. Así que saqué la cartera para pagar y regresar al motel en el que me había hospedado para aquel viaje de negocios. Sí, eso, fue un billete de los pequeños, pero entonces apareció él.

      —Un tío apuesto e interesante, supongo —añadió el demonio con sorna.

    —Exacto, y pidió dos copas más; una para él y otra para mí. Conocía mis gustos, a esas horas de la noche fue inevitable rechazar el Jack Daniel’s. ¡Espera un momento! Su risa…la tuya; ¿fuiste tú, maldito?

      Incluso allí en el infierno, para los malos espíritus el tiempo era muy valioso, pareció alegrarse de que al fin se diera cuenta de la jugarreta.

      —Gracias por el piropo —añadió una vez más con un tono jocoso—. Ten en cuenta que te ayudé, y no me has dado las gracias —volvió a reír una vez más.

    Jamás en la vida había sido un hombre llorón, pero en ese momento volví a sentir quemazón en mi cara. Si ese había sido mi final, me pareció absurdo morir por una copa. Me sentí confuso.

     —¿Cómo terminó todo para acabar aquí? ¡Me es imposible recordar el final!

     —El alcohol y el volante, es una buena ecuación para llegar aquí. Nos resulta tremendamente sencillo embaucar a los alcohólicos con penas, el infierno está plagado de ellos.

       No quise resignarme, así que rebatí.

     —Nunca he sido mala persona. Me parece ridículo acabar aquí por un simple accidente de tráfico. ¿Acaso no tengo derecho a un juicio?

     —No fue tan sencillo. Además, por lo que me has contado un ángel intentó ayudarte, y tú solo te condenaste.

      —¡Bastante tuviste que ver tú!

    Le resultó graciosa la acusación. Quiso terminar de una vez la conversación, tenía demasiado trabajo allí abajo.

   —Sí, mi ayuda sirvió, pero fue mucho peor la inocente vida que te llevaste por delante. El cuerpo de aquel niño de seis años que terminó entre las ruedas de tu coche, llorando y pidiendo la ayuda de su mamá, fue en realidad tu condena.

    No recordaba ese final porque no vi al chiquillo, pero tras esa declaración, si es verdad que me vino a la cabeza los gritos de angustia de una madre que veía como su hijo jamás volvería a estar entre sus brazos. Justo en ese momento fue cuando acepté mi penitencia, era imperdonable todo lo sucedido. Me sentí muy sucio. Mis penas acabaron por destrozar a una familia que nada tenía que ver conmigo.

       —¿Y ahora qué?  —pregunté humillado.

       Me hizo una indicación con su aura de fuego.

     —Ponte en la cola, aquí en el infierno tampoco nos libramos de ella —volvió a reír por última vez, mientras regresaba a su puesto.

    Respiré por última vez lo que fue la sensación de libertad. Miré hacia arriba, esperando encontrarme con el claro del cielo. ¡Una vez más fui un tonto! No habían nubes, ni estrellas; el fuego se extendía por todas partes de aquel lugar. Empecé a andar,  tras cada paso fui perdiendo todo lo que me quedaba de humano: mi cuerpo terminó por descomponerse. Cuando llegué al sitio, me convertí en una figura de fuego, pudiente y podrida como el resto. No fue el fin, sino el principio de una eterna agonía que tenida merecida por un último trago que jamás debí haber dado.

Ladrona de corazones

—Cuénteme, señor Morrison. ¿Podría identificar a la ladrona?
—Es sencillo, inspector. Me es imposible olvidar esos tacones, que con paso ligero, me llevaron a tocar el cielo; allí me robó el corazón