El hijo de Parmenión

Ya no tengo fuerzas para seguir luchando por lo que me inculcó mi padre. Cada vez me cuesta más motivar a mis fieles soldados. ¿Para qué sirve derramar tanta sangre inocente? En un principio luchábamos por salvaguardar lo nuestro. Ahora, es bien diferente, morimos por un puñado de políticos ambiciosos. Su bienestar no es otro que cebarse con manjares y disfrutar con las más bellas doncellas. Demasiada lujuria es lo que existe en las alcobas reales. Nunca han querido darse cuenta de la realidad: nuestra gente muere de hambre, no por guerras.

Imagen: Pixabay

«Los cerdos ya están demasiado gordos, es hora de repartir la carne entre el pueblo», es lo que suele decir mi querido hermano Filotas. Razón no le falta, pero esta pasión algún día le costará la vida. Mientras tanto, seguimos a las órdenes de un Alejandro desaliñado, por culpa de sus excesos nocturnos. Vino, sexo y alguna que otra depravación es lo que, con seguridad, debe recordar en la batalla, cuando el resto damos la vida por él y su ansiado imperio. Ha perdido el rumbo, quizá sea el momento de que una espada perdida cambie nuestro rumbo. Ojalá algún dios se decida a ayudarnos.

 

 

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