La maleta de Paca

Apenas habían pasado unas horas desde que su madre yacía tras un frío nicho y se vio en la necesidad de dejar la casa del pueblo completamente organizada, antes de regresar a su rutinaria vida en la capital. Mientras su mujer se encargaba de quitar el polvo a los muebles y empaquetar los objetos de más valor, él, sentado sobre una vieja silla de esparto, quedó mirando las humedades de las paredes. Recordó cómo antaño su viuda madre se encargaba del mantenimiento del hogar. Pese su intención de querer ayudarla en todo momento, ella siempre le quitó la mayoría de incomodidades. A su anciana madre no le hubiera gustado ver la corrosión en las paredes y sintió un impulso irrefrenable de repararlas.

Imagen: Pixabaymagen

Se dirigió al altillo de la casa para buscar herramientas y algo de pintura con la que maquillar los desperfectos. El hecho de entrar por la puerta y ver el perfecto orden que había en el cuarto, le hizo recordar las regañinas  que le daba su madre cuando solía jugar allí de niño. Siempre le dijo que allí guardaba cosas muy valiosas, pero él tan solo vería objetos inútiles llenos de polvo. Ahora, adulto y ante aquella magnífica colección de objetos, se daba cuenta de lo que quería decir su madre: todas aquellas cosas tenían un valor sentimental y servían para rescatar recuerdos del olvido.

Observo que, sobre lo alto de una estantería, había botes que parecían ser de pintura. Se acercó hasta allí y, al intentar coger uno de ellos, hizo caer una vieja maleta a tierra. El impacto provocó una gran nube de polvo que tardó unos segundos en aposentarse. El aspecto antiguo y delicado de la maleta le llamó enseguida la atención. Creyó no haberla visto nunca y eso aumentó su curiosidad por ver el contenido.

Le costó desatar las dos cuerdas que estaban puestas como un seguro extra y, luego, retiró los anclajes para dejar al descubierto el interior. La maleta estaba repleta de cartas. No tardó en extraer un par de ellas y se emocionó al ver que eran escritos de puño y letra de su padre, al que nunca llegó a conocer. El agradable descubrimiento hizo que se olvidara del motivo por el que estaba allí y se sentó en una mecedora con intención de leer alguna de las cartas. Ojeó selectivamente las fechas y encontró una posterior a su nacimiento. Abrió el amarillento sobre y extrajo el papel que empezó a leer con mucha dedicación:

» Mi querida y amada Paca:
Me alegra que no hayas traído al niño en tu visita de hoy, me supone un gran dolor verlo y no poder besarlo. Siento haberme mostrado tan triste y poco receptivo, pero en esta carta te lo explico todo.
Tras estos muros que nos privan de nuestra merecida libertad, tan solo se respira la muerte. Intuyo que apenas me quedan unas horas de vida y te escribo la presente para despedirme de todos vosotros.
Quiere el tan caprichoso destino quitarme la felicidad que venía gozando desde el día que te conocí, y de privarme ver crecer a mi pequeño y tan amado hijo. Me amarga tener que dejar este mundo a sabiendas que el pequeño Gerardito no va a poder disfrutar jamás de su padre. Paca, educa al chaval lo mejor que te sea posible y dale dos enormes besos el próximo 24 de abril, día en el que cumple sus dos primeros añitos de vida. ¡Dios quiera que mi muerte y la de los demás sirvan para que nuestras familias vivan por muchos años!
Hazme un favor, dile a mi madre y hermanos que los llevo con mi mente a la tumba, que siempre los tuve presentes en estos fríos calabozos, que les pido por favor que te echen una mano para sacar al niño adelante.
Y a ti, mi amor, ¿qué te voy a decir? Que te amo y lo haré eternamente donde quiera que esté. Recibe junto mi último abrazo la fotografía que te adjunto en el sobre, la única culpable de mantenerme vivo en estos meses de cautiverio. Tómala y guárdala como si fuera mi corazón.
¡Adiós a todos! ¡Adiós!

Tu esposo, Gerardo.»

Buscó dentro del sobre y encontró una desgastada fotografía en blanco y negro. Le alegró comprobar que se trataba de un típico retrato familiar de la época, en él  aparecía en brazos de sus padres. Empezó a notar cómo la melancolía aplastaba sus lagrimales. Examinó detenidamente la imagen y se dio cuenta de que en la parte posterior había algo escrito.

«A mi mujer Paca e hijo Gerardo. ¡Tened en cuenta que os amo!».

Imagen: Pixabay

Sus ojos ya no pudieron aguantar la presión y explotaron en lágrimas. Las cristalinas gotas humedecieron la estampa. Besó el cartón como si se hubiera tratado de los rostros de sus padres y mencionó sus nombres en alto, intentando homenajearlos. Se enorgulleció de ambos, de su padre por haber sido víctima de la represión militar. Y de su madre, por haber logrado conseguir el coraje suficiente para criar a su hijo en suma soledad. No era un hombre de creencias religiosas, pero en ese momento la fe invadió su corazón y creyó oportuno considerar que, al final, sus padres se habían reencontrado en algún lugar. Imaginarlos una vez más juntos, les causó una verdadera alegría.

Se secó las lágrimas con las que había obsequiado la memoria de sus padres y guardó a buen recaudo la vieja fotografía. Echó la carta que acababa de leer dentro de la maleta y la volvió a cerrar. Dejó la misma a la vista para ojear el resto de las cartas más tarde, pues estimó que primero debía arreglar los desperfectos de las paredes de la casa. No quiso que el deterioro se viera reflejado en aquel hogar que, con tanto sacrificio, habían logrado sus padres.

 

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