Ladrona de corazones

—Cuénteme, señor Morrison. ¿Podría identificar a la ladrona?
—Es sencillo, inspector. Me es imposible olvidar esos tacones, que con paso ligero, me llevaron a tocar el cielo; allí me robó el corazón

El quinto beso

Allí estaba yo, esperando en la esquina de la Calle Maestro Caballero, frente al viejo autocine Oasis, ahora reconvertido en el centro de belleza Shin Xiun, el más grande de la ciudad; estos malditos chinos hacen copia de todo. Lo único que tenía claro era que la voz que me había citado allí mismo, era de una mujer joven. Cuando conversé con ella, me resultó tan agradable y excitante, que no tardé en anotar en mi agenda los detalles para la reunión, y aunque en un principio todo me pareció extraño, decidí descubrir qué había tras aquella llamada misteriosa. Bueno, soy muy curioso, y las citas a ciegas me ponen. Era tarde y no había cenado, aunque es cierto que poco antes intenté saciar mi sed con dos rubias y una morena de doble malta, soy etílicamente promiscuo. Parecía un paleto allí plantado, un polluelo huido de su nido, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y mirando de un lado a otro intentando descubrir a mi contacto. Me alegró su puntualidad, aunque me puso mucho más contento su aspecto: era morena, sus ojos claros alumbraban más que la luz de la farola de la calle,  de bonito físico repleto de curvas; su mirada, simplemente seductora.

            —¿El detective Esteban Cortés? —me preguntó.

            Tardé unos segundos en responder, más bien porque me pareció una pregunta muy estúpida: «¿Quién coño iba a estar plantado allí a esas horas si no era yo?», pensé. Le di la última calada al cigarro que me acababa de liar, y aunque me dolió en el alma tener que tirarlo casi entero, lo hice por educación.

            —Eso es lo que pone en mi tarjeta de visita —le dije de forma muy seca, sin apartar la mirada de sus ojos, en tono serio y haciéndome el interesante. En realidad se me da muy bien hacerlo, siempre me han dicho que soy algo chulo, pero lo llevo metido en los genes—. Tú dirás —le dije esperando una explicación.

            —Siento mucho haberle citado…—no pudo terminar la frase, la interrumpí.

            —Tutéame, por favor.

            Tomó mi petición al pie de la letra, y se acercó a mí, tanto que no pude evitar que el agradable olor de su perfume despertará la pituitaria de mi entrepierna. Demasiado tiempo sin hacer nada…

            —Siento haberte citado aquí —corrigió—; me hospedo en aquel hotel —señaló con su dedo índice—, si te apetece, hablamos mejor allí.

            Uno, dos, tres segundos tardé en aceptar aquella proposición. No parecía muy profesional por mi parte subir hasta la habitación de un cliente al que todavía no conocía en profundidad, pero qué huevos, estaba cansado de estar de pie y necesitaba echarme algo al estómago; a esas horas todo estaba cerrado. Tardamos nada en llegar a su residencia, y una vez allí, sin que ella me diera permiso, me senté en el sofisticado sofá de piel. Mis posaderas agradecieron la comodidad.

            —¿Empezamos, señorita…? —dije.

            —Mónica Suller —para mí se llamaba Marilyn, le pegaba mucho más ese nombre; toda una femme fatale.

            —¿Y qué necesitas de mí? —me estaba cansando de tanto misterio.

            —Busco «El Primer Beso».

            Ni me lo pensé. Levanté mi culo del sofá y con destreza me escurrí entre sus brazos. Cuando noté que la tenía bien sujeta por la cintura, acerqué su cara a la mía y la besé; mi lengua persiguió la suya, no tardé en capturarla. Fue un sentido eléctrico, pero muy placentero.

            —¿Y bien?¿Te ha gustado para ser el primero? —pregunté con cierta chulería.

            Mónica no contestó. Retrocedió un par de pasos y después soltó la bofetada más fuerte que jamás me haya dado una mujer. Luego sonrió, divertida por mi atrevimiento. La verdad, yo no entendía nada de aquello.

            —¡Estúpido! Hablo de «El Primer Beso», la obra de William Adolph Bouguereau —dijo de forma alterada— ¡No está! ¡Ha desaparecido! ¡Tiene que encontrar el cuadro!

            Ni idea, me encogí de hombros y volví a sentarme en el sofá. La literatura, la pintura… todas esas chorradas no era lo mío.

            —¿Y por qué debo hallarlo? —le pregunté con indiferencia; tras la bofetada acababa de dejar mi ego como un colador, y no me interesaba el asunto.

            No obtuve respuesta. Se acercó hasta el sofá, se echó encima de mí y me besó de manera muy pasional. Ojalá no lo hubiera hecho nunca, terminar entre sus piernas me costó muy caro. Por eso os cuento esta historia desde aquí, desde la comodidad de mi celda, la número treinta y dos,  mientras mi compañero caga frente mis narices y ojea a la vez una vieja Interviú. Todo fue una trampa. Quizá en otro momento os cuente lo que en realidad pasó, pero la culpa de todo no fue el primer beso; a partir del quinto me involucré sin quererlo en la trama.

Entrevista: Rosario Raro

Hoy tengo el placer de presentar a Rosario Raro, profesora y escritora que está triunfando con su novela “Volver a Canfranc”. Mi historia con ella es un “enredo”. La conocí hace algunos años gracias al señor Google, cuando le pedí información sobre cursos y talleres de escritura creativa en Castellón. No tardó en aparecerme su blog: “Pliegos volantes”; tras encontrar su e-mail e intercambiar unos cuántos correos, me alegré al comprobar que yo no era el único «perro verde» que dedicaba su tiempo de ocio a zambullirse en la escritura. Toparme con ella fue primordial para mi formación en la escritura, no tardó en convertirse en mi gurú personal. Ella fue quién me puso en el camino correcto.

  1. Recuerdo que en uno de los primeros e-mails que intercambiamos, calificaste a los escritores como “perros verdes”. ¿Somos raros o simplemente está mal visto “perder” el tiempo escribiendo? No todos salimos futbolistas…

Por suerte. La escritura nos da satisfacciones inenarrables, aunque parezca una contradicción decirlo así. En este momento conozco a tantas personas que escriben que creo que calificaría así a los que no lo hacen, o al menos no reconocen que lo hacen.

Para mí es todo lo contrario a perder el tiempo, es amplificar la vida y sé que para ti también. Y como prueba me remito a tu prolijidad.

  1. Más de diez años impartiendo el Taller de Escritura de la UJI. Como directora del curso: ¿Qué has observado durante todo este tiempo? Es decir, ¿Han aumentado el número de matrículas? ¿Hay calidad en los escritores noveles de Castellón?

Estamos en tierra de escritores, eso es innegable. He observado la trayectoria de muchos porque he tenido la suerte de ser la primera lectora de bastantes textos y sí, la calidad sube, pero esto no tiene que ver con mi intervención sino con la del grupo. Saber de antemano que cuentas con lectores hace escribir de otra forma. Se comienza por algo básico: se deja de lado la escritura de autoconsumo que tendría que quedarse en eso: en ser leída solo por el propio autor o autora.

  1. El año pasado al fin pudimos disfrutar de tu primera novela: “Volver a Canfranc”, publicada con la potente Editorial Planeta. Una obra de gran calidad y con un éxito rotundo a nivel Nacional. Sin embargo, en tu bibliografía destacan los libros de poemas y relatos cortos: Puerto Libertad, Desarmadas e invencibles… ¿Te adaptaste bien a la hora de aventurarte a escribir una novela  larga? ¿Qué fue lo más difícil en el proceso creativo?

Cuando escribo algo no me planteo a priori la extensión que va a tener, ni siquiera el género. Hay historias que se resuelven en cinco líneas, otras en cinco páginas y otras, como en este caso, “el del libro al que usted se refiere”, -que diría algún político con uno de sus característicos ambages-, fueron más de 500 páginas, 512 exactamente.

Siempre lo más difícil de escribir es corregir. Ahí es donde nos medimos. No duele tanto cortar y cortar si nos abrimos un archivo que se llame “limbo”, “sobras”, o algo así. Ayuda mucho saber que no irá a la papelera, que se podrá reciclar. Es un consuelo para que el texto que tenemos entre manos mejore porque suele suceder así: cuanto más se tacha más gana. Aquí también se aplica la frase del arquitecto (tan relacionado con algunos personajes de mi novela) Mies van der Rohe: “Menos es más”.

  1. Es innegable el éxito (he perdido la cuenta de las ediciones) de “Volver a Canfranc”, todo el mundo habla del libro. ¿Te lo esperabas? ¿Cómo ha sido todo este tiempo tras su publicación? Cuéntanos alguna anécdota divertida.

Hasta este momento han salido cuatro ediciones en tapa dura y dos más en Booket. Está a punto de salir la tercera edición en formato de bolsillo. Y se va a publicar en breve la versión en francés ya que una editorial del grupo de comunicación Lagardère Media ha comprado los derechos en esta lengua para todo el mundo. Las negociaciones de la venta de los derechos audiovisuales para que se adapte al cine o a la televisión también están muy avanzadas.

Mi amiga Olivia Ardey me dice que escriba un libro que trate sobre todo lo que me ha ocurrido desde abril de 2015. Tengo material para varios tomos.

Lo que resume este tiempo ha sido sobre todo una sensación de irrealidad: estás en la cena de los Premios Planeta con los escritores a los que has leído siempre, te recoge un chófer para ir a una presentación, no tienes que pagar ningún gasto, detalles así hacen que sea todo bastante literario.

Y entre lo más divertido recuerdo a una persona (humana, también hay personas no humanas como los delfines y algunos grandes simios, así que es correcto lo de “persona humana” ;)) que vino “ex profeso” a la presentación de mi novela en El Corte Inglés de una ciudad muy cercana, tan cercana que estamos ahora mismo en ella, “expresamente” vino, te decía, para contar el final de mi libro. No tenía ninguna intención más. Se pasó todo el rato anterior a su intervención mirando el móvil. Algunos de los presentes aún nos reímos al recordarlo. Fue como si yo entrara a un cine, me colocara delante de la pantalla y me dirigiera al patio de butacas para decirles a todos los espectadores antes de que vieran la película: “A tal personaje lo matan”. ¿A qué lo achaco? Pues a que una vez quiso que yo la ayudara con un libro y claro, no lo hice porque no me puedo hacer la competencia desleal a mí misma. Es decir: trabajar sin cobrar. No cayó en la cuenta de que precisamente me dedico a eso. Me gustó que el ataque fuera por motivos personales (humanos) y no por nada que tuviera que ver con mi novela. Eso sí, hizo un ridículo espantoso. En fin, cosas que nos dan vidilla.

  1. Me gustó mucho la novela, pero permíteme que de tus libros saque a relucir “La llave de Medusa”, un libro de relatos cortos y microrrelatos que condensa en cada uno de sus versos todo el ingenio y potencial que tienes. Creo que es un gran desconocido y que los amantes de lo corto e intenso deberían tener en sus estanterías. Háblanos un poco de  él.

Sí, yo estoy muy satisfecha de esos relatos. Algunos crípticos, otros como tú dices muy poéticos. Son historias que quería compartir. Esa era mi única intención.

Para agradecerte tus palabras te enviaré un par:

este que se titula

Sitjar

se lo quiero dedicar a Ismael Bonet, de la librería Argot.

Antes de nacer asistí a una boda doblemente anfibia. Por un lado, porque yo ya existía buceando junto a mi gemelo en el líquido amniótico que mi madre embalsaba bajo el satén de su vestido de novia; por otro, porque fue el día en que después de la ceremonia el portón de la iglesia se cerró para siempre.

Todo el pueblo iba a ser sumergido en un tanque de 52 hectómetros cúbicos. Durante la celebración ya hubo indicios: adornos florales que incluían algas, el fondo azul de los frescos, las capillas laterales con santos vestidos con escafandras, aves acuáticas que describían círculos bajo el ábside mientras una garza real presidía el enlace.

Hoy mi hermano y yo celebramos otro cumpleaños juntos, buceando sobre aquellas fotografías.

Y

Piraña

Sobre la mesa transparente del centro del salón hay un vórtice que con su lengua de iguana se ha tragado ya varios álbumes de fotos, pilas de periódicos y revistas, la televisión, una biblioteca de varios miles de volúmenes, tres aparatos de música, todas mis películas, discos e incluso las páginas amarillas. En el centro de este espacio despejado, minimalista, reina el dispositivo tecnológico que ha metamorfoseado en aplicaciones todos estos objetos. De tan vacía, la casa se me quedó grande así que adquirí un software menguante y me mudé al vientre de la piraña.

Desde ahí os escribo.

  1. Muchas veces nos planteamos el futuro sin pararnos a pensar en el presente, y esto a veces no nos permite disfrutar del día a día. ¿Tienes proyectos que te quiten el sueño? ¿Hay próxima novela a la vista?

No me quitan el sueño sino que me hacen dormir y soñar mejor. Ahora estoy corrigiendo la novela que la editorial Planeta publicará la próxima primavera. Es, como te decía antes, el trabajo más arduo, pero durante el que surgen los mejores descubrimientos. Sentir cómo van encajando todas las piezas es lo mejor.

  1. Sé que eres una mujer de “redes”. ¿Dónde podemos seguirte?

Tengo perfil de Facebook y Twitter y hasta ahí. Algunos vivimos las siete vidas del gato simultáneamente —tal vez porque no sepamos hacerlo de otra manera—. En las dos redes sociales incluyo cuestiones librescas.  Necesitaría más páginas para mi vida familiar, social, laboral, para los viajes tan necesarios para escribir y  las otras aficiones también conocidas como hobbies, además de la literatura, otro espacio web para relatar la intendencia o manera de articular todo lo anterior, y después están las cosas y las casas de la salud y sobre todo el reporte de la existencia más placentera: la que alberga la esperanza en que todo irá a mejor.

Repaso este texto y veo/leo que ya voy por la décima vida enumerada. Lo dicho: en las redes solo libros. Todo lo demás que, por suerte, es mucho: en vivo y en directo.

  1. ¿Qué les dirías a los escritores noveles que empiezan y ven rechazado su trabajo?

Una frase de Richard Bach: “Un escritor profesional es un amateur que no se rinde”. Y otra de Agatha Christie: “Hacen falta veinte años para triunfar de un día para otro”.

Creo que la perseverancia es muy importante. La pasión y el cálculo también.

También les recomendaría que leyeran sobre lo que sucede con la semilla del bambú.

  1. ¡Ronda rápida!

Personaje Disney: Él, Walt Disney, con toda esa cuestión de su posible origen en Mojácar y su vida completa. Lo que a todas luces parece un fake, lo de la crionización, lo dejaremos al margen.

Libro favoritoCrónica sentimental en rojo de Francisco González Ledesma. Y unos mil más.

Una canción que siempre te acompañeParole, parole (cómo no). Además la versión interpretada por Dalila y Alain Delon (¡).

¿Zapatos o zapatillas?:

Casi siempre estoy descalza. Cuando tengo que salir solo botas o sandalias. No tengo término medio. Los zapatos de persona (humana), estilo salón o similar no están hechos para mí o para mi horma.

Un lugar para escribir: cualquiera. No tengo manías. Eso sí, en soledad y sin ruidos, para eso tengo que madrugar (bastante).

¿Dulce o salado?

Salado. Ese sabor se parece más a la vida.

Muchas gracias por dedicarnos tu tiempo. Siempre es un placer hablar contigo.

Gracias a ti, por ser infatigable. Nuestra historia virtual, pero muy real, es todo un ejemplo de cómo suceden las cosas en este siglo XXI que habitamos. Por ti mismo ilustras todo lo que he respondido en esta entrevista. Ojalá que veamos también una serie basada en Siroco, ese viento del sudeste que además es novela y tuya.

Oh là là

Al fin fuimos viento, libre de todo; solos ella y yo ante la inmensidad de la ciudad del amor y la libertad, París. Teníamos tanto para darnos, ilusión, cariño, sinceridad… A pesar del camino, gravado de incordios y miedos, no resultó difícil llegar hasta allí. Fue la complicidad de dos corazones equipados con alas, con muchas ganas de anidar lejos, lo más posible, para que todos los pésimos recuerdos quedasen muy atrás. Esa siempre fue la intención, olvidar, marchar de nuestra tierra en la que dejábamos raíces ancladas en un pasado que se negaban a evolucionar, con un presente lleno de sangre, sudor y lágrimas. Porque esa es la única verdad de las guerras, destellos de odio y rabia. Nosotros supimos huir a tiempo de ello. Quizá ella más que yo, porque a los meses de afincarnos en Francia, y ante la belleza de esa gigantesca torre a la que no solo aman los franceses, se armó de valor y me lo dijo: «Se llama Pierre…»; y lloré, tanto que mis brazos se escurrieron de su cuerpo como si estuviesen embadurnados con la mantequilla de un delicioso croissant. Eso fue lo que más me dolió, que ese mismo viento que nos había acercado la libertad, ahora la alejaba de mí con cierto acento y encanto francés.

Memorias de un amparado

Debo contarlo. Lo hago por escrito para que esta historia perdure más allá de las palabras y los recuerdos. Lo que relato no son simples memorias de un soldado. Se trata de algo diferente: el amor. De niño siempre me fascinó ver a los pájaros volar, por eso cuando entré en ejército me enrolé en la aviación.

En plena Guerra Civil fui destinado a la Costa de Azahar. Mi misión era frenar el avance de los Nacionales, que pretendían llegar a Valencia. En Villa Victoria empezó todo, en una noche en la que los soldados curábamos nuestra soledad con el alcohol. Terminé mi segunda copa de orujo, cuando la vi. Me enamoré a primera vista, y juro que que es verdad, no fue el capricho de un borracho que quiso llevársela a la cama. Me acerqué hasta ella, le pregunté por su nombre: «Amparo», dijo mientras su sonrisa fundió mi ser. Bailamos, y antes de que mis labios se hubieran atrevido a robarle un beso, me vi sentado en mi avión. Una vez en el aire, un disparo me alcanzó. La cabina se llenó de humo. Sin poder remediarlo, choqué con violencia contra unos naranjos. Fue un milagro, sobreviví, pero perdí una de mis piernas. Mucho tiempo después regresé a Villa Victoria, tal vez con la esperanza de encontrar a esa mujer que me enamoró. La fortuna volvió a sonreírme. Amparo vino hasta mí. Me agarró, aunque yo no quise. Sonó la música, y entonces tres piernas bailaron. Desde ese momento ella se convirtió en la única prótesis que me hizo falta. Hasta ayer fuimos felices, hoy he vuelto a sentir la cojera, aunque nunca perderé de mi memoria su sonrisa.

 

Brotes verdes

No me habléis de rosas, amapolas, ni mucho menos de margaritas, porque en mi vida ya no quedan pétalos por deshojar; no, ya no vivo en ese jardín que construí con la ingenuidad y el batir de alas de mariposa. Todo eso desapareció con cada golpe e insulto. Mis lágrimas de piedra han labrado un campo de hormigón, y bajó él se encuentran mis sentimientos en letargo, con la única esperanza de volver a ver brotes verdes. Sé que mi momento llegará, una nunca olvida el agradable olor de las flores.

Buscando el hombre perfecto

Se cansó de los hombres estúpidos, y de jugárselo todo en citas a ciegas que le organizaban sus amigas. Se apuntó a un portal web para buscar pareja. Puso el ratón sobre el campo de texto y escribió: «chico joven, atractivo, guapo, romántico, con dinero, inteligente, que no le guste el fútbol, atento, apasionado, depilado, simpático, hijo único, sin madre…», le dio al botón search.

Nunca recibió respuesta por parte del software. La red cayó a nivel mundial. Fue el fin del mundo.

 

La duquesa

La duquesa lo tenía decidido. Se sentía mayor y creyó oportuno dejar su huella en la alta sociedad. Quiso inmortalizarse a través de una obra de arte. No se conformó con un simple retrato, hizo buscar al mejor pintor de Europa. Así fue, a las pocas semanas apareció por el Palacio de las Dueñas un austriaco con apellido impronunciable.

Desde un primer momento, el artista demostró ser un hombre extravagante. Muestra de ello fueron los ejemplos de sus obras que enseñó a la duquesa. Tras un largo intercambio de opiniones, ambos decidieron que en el cuadro debía representarse la elegancia que tanto la caracterizaba. En ningún momento se limitó la originalidad del pintor. Acordaron un tiempo estimado para finalizar el retrato y se estipuló el honorario que se pagaría por ello.

Los meses pasaron entre pinturas y largas sesiones a puerta cerrada. La modelo no puso las cosas fáciles. Aprovechaba la más mínima oportunidad para quejarse del incómodo pero bonito vestido que había elegido. El retratista intentaba relajarla mediante mentiras piadosas: «Estás preciosa, lo estás haciendo muy bien». Después de cada jornada, se las ingeniaba para que su obra permaneciera en secreto hasta el final. Cerraba la puerta con llave para que nadie pudiera husmear.

Pasó demasiado tiempo, más de lo que hubieran querido e imaginado, pero llegó el día en que la obra estuvo terminada. El pinto hizo llamar a la duquesa. No tardó en aparecer en esa sala que tanto había aborrecido durante las largas horas de posado. La acompañaba su marido, Alfonso, un hombre mucho más joven que ella, quien sintió alivio cuando convenció a su mujer para no aparecer retratado junto a ella. Más lo agradeció el pintor.

Se quitó la lona que cubría el cuadro, y ante los ojos de los presentes quedó expuesta la pintura. La escena recreaba a la duquesa sentada en un sillón clásico, veneciano, pensativa y con la cabeza ligeramente apoyada sobre una de sus manos. La belleza de la imagen se reflejó en los ojos de la propietaria, la cual pareció asombrada ante un pequeño detalle al que definió como «vanguardista».

–Pese a que me cuesta reconocerlo, me parece apropiado que hayas recreado un gesto eccehomónico en mi rostro. Al principio molesta ver la cara poco definida, pero es lo que tiene este estilo, ¿no?

El artista se sintió confundido.

–¿A qué se refiere exactamente, duquesa?

–Al Cristo de Borja. Su intento de restauración ha creado un nuevo estilo y me he sorprendido al ver que has usado esa técnica en el cuadro. Un aliciente más para que esta imagen resulte doblemente histórica.

El austriaco recordó de inmediato la polémica restauración del Ecce Homo de Borja, y se sintió profundamente enfadado. Había trabajado demasiado tiempo en aquel retrato como para escuchar esa pésima comparación. Él era un artista de renombre internacional y no un simple aficionado. No pudo contenerse.

–Señora, duquesa. Con todo mi respeto, en ningún momento he querido reflejar tal disparate en mi obra. ¡Simplemente es su cara, la que tiene! Ni más ni menos distorsionada.

Se marchó de la sala vociferando palabras en su idioma natal. La duquesa quedó paralizada ante su retrato. Su marido se acercó hasta ella y se atrevió a decirle:

–Si no te gusta el resultado, siempre puedes recurrir al fotógrafo oficial de la Casa Real. No sería un cuadro pintado, pero sabes que son excelentes con el Photoshop.

Salió siguiendo el camino que había tomado el pintor mientras ella quedó con la mirada detenida en el cuadro. La duquesa tenía una excelente cultura artística y sabía lo que decía: aquella no era su cara, era la del Cristo Borjano.

 

La tormenta

Eres deseo que provoca impaciencia, y no puedo hacer nada por remediarlo, sólo llorar por dentro al ver que marchas en un navío con un noble capitán. Dios no quiera que mis lágrimas provoquen una tempestad en vuestro camino.