Oh là là

Al fin fuimos viento, libre de todo; solos ella y yo ante la inmensidad de la ciudad del amor y la libertad, París. Teníamos tanto para darnos, ilusión, cariño, sinceridad… A pesar del camino, gravado de incordios y miedos, no resultó difícil llegar hasta allí. Fue la complicidad de dos corazones equipados con alas, con muchas ganas de anidar lejos, lo más posible, para que todos los pésimos recuerdos quedasen muy atrás. Esa siempre fue la intención, olvidar, marchar de nuestra tierra en la que dejábamos raíces ancladas en un pasado que se negaban a evolucionar, con un presente lleno de sangre, sudor y lágrimas. Porque esa es la única verdad de las guerras, destellos de odio y rabia. Nosotros supimos huir a tiempo de ello. Quizá ella más que yo, porque a los meses de afincarnos en Francia, y ante la belleza de esa gigantesca torre a la que no solo aman los franceses, se armó de valor y me lo dijo: «Se llama Pierre…»; y lloré, tanto que mis brazos se escurrieron de su cuerpo como si estuviesen embadurnados con la mantequilla de un delicioso croissant. Eso fue lo que más me dolió, que ese mismo viento que nos había acercado la libertad, ahora la alejaba de mí con cierto acento y encanto francés.

Memorias de un amparado

Debo contarlo. Lo hago por escrito para que esta historia perdure más allá de las palabras y los recuerdos. Lo que relato no son simples memorias de un soldado. Se trata de algo diferente: el amor. De niño siempre me fascinó ver a los pájaros volar, por eso cuando entré en ejército me enrolé en la aviación.

En plena Guerra Civil fui destinado a la Costa de Azahar. Mi misión era frenar el avance de los Nacionales, que pretendían llegar a Valencia. En Villa Victoria empezó todo, en una noche en la que los soldados curábamos nuestra soledad con el alcohol. Terminé mi segunda copa de orujo, cuando la vi. Me enamoré a primera vista, y juro que que es verdad, no fue el capricho de un borracho que quiso llevársela a la cama. Me acerqué hasta ella, le pregunté por su nombre: “Amparo”, dijo mientras su sonrisa fundió mi ser. Bailamos, y antes de que mis labios se hubieran atrevido a robarle un beso, me vi sentado en mi avión. Una vez en el aire, un disparo me alcanzó. La cabina se llenó de humo. Sin poder remediarlo, choqué con violencia contra unos naranjos. Fue un milagro, sobreviví, pero perdí una de mis piernas. Mucho tiempo después regresé a Villa Victoria, tal vez con la esperanza de encontrar a esa mujer que me enamoró. La fortuna volvió a sonreírme. Amparo vino hasta mí. Me agarró, aunque yo no quise. Sonó la música, y entonces tres piernas bailaron. Desde ese momento ella se convirtió en la única prótesis que me hizo falta. Hasta ayer fuimos felices, hoy he vuelto a sentir la cojera, aunque nunca perderé de mi memoria su sonrisa.

 

Buscando el hombre perfecto

Se cansó de los hombres estúpidos, y de jugárselo todo en citas a ciegas que le organizaban sus amigas. Se apuntó a un portal web para buscar pareja. Puso el ratón sobre el campo de texto y escribió: “chico joven, atractivo, guapo, romántico, con dinero, inteligente, que no le guste el fútbol, atento, apasionado, depilado, simpático, hijo único, sin madre…”, le dio al botón search.

Nunca recibió respuesta por parte del software. La red cayó a nivel mundial. Fue el fin del mundo.

 

La duquesa

La duquesa lo tenía decidido. Se sentía mayor y creyó oportuno dejar su huella en la alta sociedad. Quiso inmortalizarse a través de una obra de arte. No se conformó con un simple retrato, hizo buscar al mejor pintor de Europa. Así fue, a las pocas semanas apareció por el Palacio de las Dueñas un austriaco con apellido impronunciable.

Desde un primer momento, el artista demostró ser un hombre extravagante. Muestra de ello fueron los ejemplos de sus obras que enseñó a la duquesa. Tras un largo intercambio de opiniones, ambos decidieron que en el cuadro debía representarse la elegancia que tanto la caracterizaba. En ningún momento se limitó la originalidad del pintor. Acordaron un tiempo estimado para finalizar el retrato y se estipuló el honorario que se pagaría por ello.

Los meses pasaron entre pinturas y largas sesiones a puerta cerrada. La modelo no puso las cosas fáciles. Aprovechaba la más mínima oportunidad para quejarse del incómodo pero bonito vestido que había elegido. El retratista intentaba relajarla mediante mentiras piadosas: “Estás preciosa, lo estás haciendo muy bien”. Después de cada jornada, se las ingeniaba para que su obra permaneciera en secreto hasta el final. Cerraba la puerta con llave para que nadie pudiera husmear.

Pasó demasiado tiempo, más de lo que hubieran querido e imaginado, pero llegó el día en que la obra estuvo terminada. El pinto hizo llamar a la duquesa. No tardó en aparecer en esa sala que tanto había aborrecido durante las largas horas de posado. La acompañaba su marido, Alfonso, un hombre mucho más joven que ella, quien sintió alivio cuando convenció a su mujer para no aparecer retratado junto a ella. Más lo agradeció el pintor.

Se quitó la lona que cubría el cuadro, y ante los ojos de los presentes quedó expuesta la pintura. La escena recreaba a la duquesa sentada en un sillón clásico, veneciano, pensativa y con la cabeza ligeramente apoyada sobre una de sus manos. La belleza de la imagen se reflejó en los ojos de la propietaria, la cual pareció asombrada ante un pequeño detalle al que definió como “vanguardista”.

–Pese a que me cuesta reconocerlo, me parece apropiado que hayas recreado un gesto eccehomónico en mi rostro. Al principio molesta ver la cara poco definida, pero es lo que tiene este estilo, ¿no?

El artista se sintió confundido.

–¿A qué se refiere exactamente, duquesa?

–Al Cristo de Borja. Su intento de restauración ha creado un nuevo estilo y me he sorprendido al ver que has usado esa técnica en el cuadro. Un aliciente más para que esta imagen resulte doblemente histórica.

El austriaco recordó de inmediato la polémica restauración del Ecce Homo de Borja, y se sintió profundamente enfadado. Había trabajado demasiado tiempo en aquel retrato como para escuchar esa pésima comparación. Él era un artista de renombre internacional y no un simple aficionado. No pudo contenerse.

–Señora, duquesa. Con todo mi respeto, en ningún momento he querido reflejar tal disparate en mi obra. ¡Simplemente es su cara, la que tiene! Ni más ni menos distorsionada.

Se marchó de la sala vociferando palabras en su idioma natal. La duquesa quedó paralizada ante su retrato. Su marido se acercó hasta ella y se atrevió a decirle:

–Si no te gusta el resultado, siempre puedes recurrir al fotógrafo oficial de la Casa Real. No sería un cuadro pintado, pero sabes que son excelentes con el Photoshop.

Salió siguiendo el camino que había tomado el pintor mientras ella quedó con la mirada detenida en el cuadro. La duquesa tenía una excelente cultura artística y sabía lo que decía: aquella no era su cara, era la del Cristo Borjano.

 

La tormenta

Eres deseo que provoca impaciencia, y no puedo hacer nada por remediarlo, sólo llorar por dentro al ver que marchas en un navío con un noble capitán. Dios no quiera que mis lágrimas provoquen una tempestad en vuestro camino.

 

Mi último poema

Pierdo la mirada en el silencio de la sala, en su vacío. La gente muestra una profunda indiferencia, la cual me destroza. Tampoco es que yo haya hecho mucho por captar su atención. Me hundo. Algunos ojos clavan su mirada en mí, me hacen sentir un payaso. Cierro el libro, mi recital terminó. Salgo como entré, solo. No tardaré en buscar consuelo en tu voz. Eres el único poema que me queda por escribir.

 

El cazador de caras

Desde que despertó del coma no era el mismo. Abandonó su vida, se aisló en una casa en la montaña. Se encargó de quitar la mayoría de espejos de la vivienda. Tan sólo dejó un mediano, en el cual se miraba al anochecer. Le daba asco verse reflejado en el cristal. “Me han robado la cara”, decía mientras poco a poco se la despellejaba con una cuchilla. Su rostro ya no era humano, se había convertido en un cúmulo de carne putrefacta. Se veía mejor así, pero ese no iba a ser su aspecto definitivo, sólo hasta recuperar la suya. La encontró cierto día en el bosque, mientras cazaba. Con un disparo de escopeta aniquiló al ladrón. Al llegar a casa se puso delante del espejo. Con aguja, hilo y mucha delicadeza, se cosió su verdadero rostro. Disfrutó viéndose en el cristal. Aulló. Estaba contento de haberse reencontrado.

Te escapas

Te escapas, como la arena entre los dedos de un hombre perdido en el desierto, sin agua. Mi deseo en retenerte es de tal calibre, que hago todo para intentar que no prendas el vuelo. Prometo y juro, pero no te basta. Lo tienes decidido, y aunque te pesa mucho, te escapas.  Lo hice todo para retenerte, pero es tan fuerte ese vínculo que une con el otro extremo de la cuerda, que nada puedo hacer por evitarlo. Te escapas, y yo me convierto en un centinela viendo cómo marchas, sin poder apretar el gatillo de la escopeta. Tengo bastante con saber que serás feliz, o eso me has prometido.

 

Te añoro, Otoño.

He de ser sincero. No quiero que veas en mí a un hombre débil, pero tengo que decirlo: te añoro. Tengo ganas de desnudarte, de palparte. De oler tu pegajosa humedad, la cual se ha desprendido de la tierra. Me vuelvo loco al recordarme vestido con las hojas que cubrieron tus vergüenzas. Te espero como siempre lo hice, aquí sentado con la vista perdida en nuestro árbol. Ven rápido, no te hagas de rogar, Otoño.

 

El tesoro del pollo perdido

El anciano descansaba sobre una butaca. Entre sus manos tenía un ejemplar del Fantasma de Canterville. El color amarillento de las páginas denotaba que se trataba de de una edición my antigua. La lectura siempre fue uno de sus vicios sanos, su mujer creía que no era así. Alguna que otra vez, durante sus cincuenta años de matrimonio, la había dejado colgada por alguno de esos libros que ahora acumulaban polvo en la estantería.

Escuchó a su nieto bajar las escaleras corriendo. Hizo un pequeño doble en una esquina de las páginas, para no perder la hoja que leía, y cerró el libro para prestar atención a ese pequeñajo que le había conquistado el corazón.

–¡Yayo! Mira que he encontrado en el desván. ¡El mapa de un tesoro!

El abuelo reconoció de inmediato el papel que sostenía su nietecito entre las manos. Sonrió.

–¿Y se puede saber qué hacía usted en el desván, señorito?

–Estaba con la abuela buscando unas cosas, y entonces encontré el mapa. ¿Me ayudas a descifrarlo? Yo no sé leer, ¡porfa, yayo!

El anciano se quitó por un momento las enormes gafas de pasta que utilizaba. Sentó a su nieto en el regazo, y leyó en voz alta: “El tesoro del pollo perdido”.

–Mmm… muy curioso –intentó hacerse el interesante.

–¿Qué? Abuelo, cuenta… –preguntó impaciente el niño.

Se volvió a poner las gafas. Con el dedo índice recorrió cada una de las marcas que había en el papel. Entonces le contó a su nieto una historia.

–Tienes en tu poder el mapa del famoso tesoro del pollo perdido.

El niño abrió la boca asombrado.

–Verás. Hace mucho tiempo, en un país no muy lejano, y parecido al nuestro, hubo una guerra entre su rey y un malvado pirata. La disputa provocó que hubiera escasez de comida. Un día el rey, ante el inevitable acoso que recibía por parte de las tropas enemigas, decidió guardar el único alimento que quedaba en el palacio: un gigantesco pollo al que había cuidado con mucho mimo para comerlo en la cena de Navidad. El rey dibujó este mapa para que el ruin pirata jamás encontrara el manjar. De esa manera sólo él sabría dónde estaba escondido.

El nieto escuchaba con atención la historia, pero interrumpió al abuelo.

–¿Cómo se llamaba el pirata?

La historia que se había inventado el viejo, no tenía nombre para el pirata, ni para el rey. Era pura fantasía, por lo que dudó a la hora de bautizar al personaje malo. Se le ocurrió ponerle el nombre más absurdo y ridículo que le llegó a la cabeza.

–El temible corsario se llamaba Mc Donalds.

–¿Y encontró el tesoro el pirata?

–¡Jamás! –afirmó con rotundidad–. El pollo todavía anda escondido, esperando a que alguien lo encuentre para devorarlo.

El niño se bajó del regazo del abuelo.

–¡Vaya rollo, abuelo! ¿Quién quiere un pollo por fortuna?

El niño se marchó de allí corriendo. Regresó al desván junto a su abuela. Pensó que quizá allí sí podría encontrar un botín de verdad. El abuelo se quedó con el supuesto mapa en las manos. Esa vez si lo leyó de verdad: “Fiesta de cumpleaños de Leonardo, 10 de febrero de 1956. Receta para hacer sándwich de pollo”. Ante su vista tenía la lista de compra  que hizo su madre para celebrar su décimo aniversario, de eso hacía más de cincuenta años. El anciano se emocionó al ver la caligrafía de su madre. Para él, ese papel sí era un verdadero tesoro.