Versar en tu boca

Empecé un poema al que pronto se unieron tus versos. A partir de la segunda estrofa perdimos la métrica: la rima fue dictada por nuestras lenguas.

Ladrona de corazones

—Cuénteme, señor Morrison. ¿Podría identificar a la ladrona?
—Es sencillo, inspector. Me es imposible olvidar esos tacones, que con paso ligero, me llevaron a tocar el cielo; allí me robó el corazón

Brotes verdes

No me habléis de rosas, amapolas, ni mucho menos de margaritas, porque en mi vida ya no quedan pétalos por deshojar; no, ya no vivo en ese jardín que construí con la ingenuidad y el batir de alas de mariposa. Todo eso desapareció con cada golpe e insulto. Mis lágrimas de piedra han labrado un campo de hormigón, y bajó él se encuentran mis sentimientos en letargo, con la única esperanza de volver a ver brotes verdes. Sé que mi momento llegará, una nunca olvida el agradable olor de las flores.

Buscando el hombre perfecto

Se cansó de los hombres estúpidos, y de jugárselo todo en citas a ciegas que le organizaban sus amigas. Se apuntó a un portal web para buscar pareja. Puso el ratón sobre el campo de texto y escribió: “chico joven, atractivo, guapo, romántico, con dinero, inteligente, que no le guste el fútbol, atento, apasionado, depilado, simpático, hijo único, sin madre…”, le dio al botón search.

Nunca recibió respuesta por parte del software. La red cayó a nivel mundial. Fue el fin del mundo.

 

La tormenta

Eres deseo que provoca impaciencia, y no puedo hacer nada por remediarlo, sólo llorar por dentro al ver que marchas en un navío con un noble capitán. Dios no quiera que mis lágrimas provoquen una tempestad en vuestro camino.

 

Una corta historia de amor

Me pediste que te contara en cinco líneas nuestra historia de amor. Empieza y termina así: “Cuando abrí las puertas de mi corazón, tú cerraste cualquier esperanza”. Por lo que lees, me ha sobrado espacio. Aprovecharé para decirte una última cosa: te sigo amando.

 

Tu último beso

Son tus labios los que me enseñaron la felicidad. Tu beso, el único que me diste, me devolvió la vida. Desde ese momento no he vuelto a mirar el reloj; le quité la pila. Paré el tiempo justo cuando tus labios se chocaron contra los míos. El resto de la historia no tuvo importancia.

 

Resignado a tu interés

Te escapaste de mis labios para vivir desterrada de mi corazón; ahora, tras la llegada de los primeros esbozos de frío, es cuando por interés te acuerdas de mi leñera. No seré yo quien te reproche la huida.