Moriré

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Moriré por ti cuando ya no estés. Porque lo has sido todo, un suspiro lejano que poco a poco se fue acercando a mi nuca, hasta que en cierto momento pude sentir el calor que prendiste en mí.

Moriré por ti, porque fuiste la única palabra de amor que salió de mi boca; tú lo lograste, el mérito fue solo tuyo. Yo no pude hacer más que intentar seguir luchando con la ceguera que me provocó tu belleza.

Moriré por ti, porque cuando el ocaso llama a mi cama, el único anhelo de mis sábanas es que tú te empadrones en ellas; porque provocas tempestad de deseo en cada uno de mis sueños y, así, no es fácil vivir.

Moriré por ti, aunque creo que ya lo hice hace tiempo: cuando tu indiferencia sopló la llama virgen de mi corazón.

 

Vértigo

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Al final todo termina en tus labios, y yo trepando por ellos para robarte un solo beso. Sabes que siempre se me dieron mal las alturas.

 

La fragancia del amor

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Me llevaste de la mano al firmamento; a poder tocar con las yemas las nubes; a sonreír al vacío, y luego mirarte de nuevo; a cerrar los ojos e imaginar que de verdad me amas, que no existe ninguna frontera a nuestra pasión; me enseñaste a saltar la barrera de mis miedos, a pegar patadas marciales a los que mordisquean mis sueños. Me llevaste de la mano para enseñarme todo eso y,  al final, no pude decírtelo, pero sé que lo viste dibujado en mi rostro. El amor es una fragancia duradera.

 

El último tren

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Todavía recuerdo nuestro último adiós, antes de que el tren marchase. Fue tan especial como el primer beso que nos dimos, el principal indicio de nuestro amor. Por mucho que quisiese olvidar nuestro triste destino, me es difícil borrar de mi cabeza esos luceros llorosos. No te sientas culpable por ello, es cosa del destino y, contra este, nada se puede hacer. Tan solo quiero que me recuerdes como la persona que he sido a tu lado: un hombre enamorado de tu belleza. Puedes olvidar todo lo demás si lo consideras oportuno. Se marchó el tren, tras el último aviso, y quedé vigilando como tu vagón se perdía sobre el horizonte. Mientras tanto, ya te añoraba y escribía esta misiva en mi mente.

 

Eres poesía

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Quiero escribir poesía, como esa noche en la que el sol nos despertó y la única libreta que tenía entre mis manos era la de tu cuerpo solapado al mío; y te canté al oído lo que a la luna le gusta escuchar del sol, todo un imposible de circunstancias que aun así, hizo que aquel momento valiera la pena. Hoy vuelvo a sentirme poeta, y no es que quiera volver a retozar contigo, me vale con ese recuerdo de la única vez que ocurrió.

 

Noche de Halloween

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Papá solía decir que jugar con muñecos era cosa de tontos. Lo que no sabía es que hablar con ellos era mucho peor.

Lo justo

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Todo en su justa medida, como el sol en la tierra; como la lluvia en los campos… como tú, como yo cada vez que mi mirada se desliza de tu cuello hacia abajo.

Allá donde esté

Se sentía como una tormenta sin rumbo que danza a su antojo; puro rencor bruto que descarga su ira sobre la tierra. De nada le servían los sueños que, oveja tras oveja, se cincelaron en su mente con el ansia de una estrella fugaz, con la única intención de volar y hacerlo lejos. El mundo se quedó pequeño, demasiado, cuando el reloj se detuvo tras mirar uno de los lujosos escaparates de joyas situado en el Ponte Vecchio. Lo supo de inmediato: demasiado oro pero ninguna piedra preciosa; y la añoraba tanto, que cuando ella lo dejó solo, para siempre, de nada le valieron súplicas ni lágrimas por cambiar las cosas. No fue decisión de ninguno de los dos. A partir de ese momento, sus llantos jamás serían capaces de limpiar la horrible melancolía que danzaba en su pecho a ritmo de bombo en una sentida saeta. No, nada valía, porque a pesar de anhelar una ligera metamorfosis para salir huyendo de ese pasado, notaba sus miedos sobre su espalda, tan pesados, que nunca podría batir sus alas. Y a pesar de todo, cada siete de julio, gritaba el nombre de ese viejo fantasma al aire… quizá, el viento, acercaría su reclamo allá donde ella estuviera.