Vértigo

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Al final todo termina en tus labios, y yo trepando por ellos para robarte un solo beso. Sabes que siempre se me dieron mal las alturas.

 

El hombre que se cansó de comer espinacas

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Mientras cazaban ranas encontraron a un hombre desaliñado, durmiendo. Despertó sobresaltado y provocó que los niños huyeran. Uno de ellos  se tropezó y cayó.

—¿Estás bien? —preguntó el desconocido.

—Sí, gracias. ¿Cómo te llamas? —el niño se interesó en él.

—¿Te importa mi nombre o quieres saber quién soy?

—¿No es lo mismo?

—Es distinto. Me llamó Ramón y soy un hombre libre.

—¿Eres un vagabundo?

—No, aunque así me llaman.

—¿Entonces? —preguntó extrañado el chaval.

—Me cansé de la rutina. Enfermé por un exceso de obligaciones y me rebelé contra el sistema.

—No lo entiendo.

—Mira, chaval…

—¡Eh! No  me llamo chaval, soy Fran —el niño se ofendió.

—Perdóname, Fran.

—No pasa nada —el niño aceptó la disculpa de buen agrado.

—¿Te gustan las espinacas? —le preguntó el hombre.

—¡No! ¡Para nada!

—Pues, imagina que tu madre te pone un plato de espinacas. A ti no te gustan, te enfadas y no las comes. Lo que consigues es tener ese plato verde para la noche. Al final, cedes y las tragas. Yo me cansé de las complicaciones impuestas.

—¿Comiste demasiadas espinacas? —preguntó extrañado el niño.

—¡Más de las que he querido!

—Mi mamá siempre me levanta el castigo.

—Así debería ser la vida, chaval.

—¡Me llamo Fran! —se enfadó.

Aparecieron los niños que habían huido y Fran se unió a ellos.

—¿Quién es el vagabundo? —preguntaron.

—Solo un tío que se cansó de comer espinacas.

Sin más, corrieron hacia el pueblo con intención de asustar a las niñas con las ranas que habían cazado.

 

 

Ejercicio con dados

Digamos que el viaje para llegar a conocerme no ha sido sencillo. Al principio creí estar seguro de mí mismo, resguardado tras un fuerte caparazón de acero, como si viviera alojado en una fortaleza inexpugnable. Me equivoqué. Fui un lerdo en toda regla al no darme cuenta de que yo mismo tenía la llave que cerraba mi único miedo, que al mismo tiempo siempre ha sido la realidad: mi yo verdadero. Sí, ese que de vez en cuando se desborda y pierde la cobertura, necesitado de refresco, de meditación; de libros breves con gran contenido de moralejas, sin paja ni el horrible sacrificio de ningún árbol utilizado para predicar con su cuerpo palabras sin sentido. Y, pese a que el camino no ha sido fácil, admito que he disfrutado de la recompensa: he bebido de mí mismo, de una fuente de la que manaba algo parecido al reconocimiento y el orgullo, pero sin llegar a ser estratosférico y perjudicial: yo. Para mí, debo ser lo importante. Por eso hoy me he escrito a mí mismo, con Word, por aquello de leer la letra clara y no confundirme, con la única intención de recordar mi origen, el por qué empecé a escribir y, sobre todo, porque debo seguir haciéndolo. Al fin y al cabo, mi blog siempre fue mi paraíso.

Cambios

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Se miró una vez más al espejo. En la prensa escrita decían que su cara aburría muchísimo. Había perdido casi treinta quilos desde el último 26 de diciembre. Una dieta de esas chungas, que junto a una tabla severa de ejercicios físicos, lograron un cambio radical. Para ser un anciano, estaba muy fibrado: “¡Que te den, Gianluca Vacchi!”, musitó. Pero él, se había ganado a pulso su sorprendente metamorfosis, sin ciclos vía intramuscular. No, él no era un tramposo. Pero no estaba contento con su cara. Frente al cristal, desnudo, meditaba qué hacer para que su rostro casara con el cuerpo. Sin pensarlo mucho, cogió unas tijeras y empezó a cortar la frondosa barba blanca, hasta que pudo usar una cuchilla y afeitarse. Lo hizo, sin más. 

Echó una carcajada al ver que su barba había desaparecido. En su lugar había una atractiva perilla. Se quitó las gafas y se puso unas lentillas. Diez o quince minutos tardó. La tediosa tarea valió la pena, porque por primera vez en décadas, sus ojos de color azul destacaban sin un armazón que cubriera su atractivo.

Se enfundó unos pantalones de cuero negro que le hacían un culito prieto, tan apetecible, que su mujer se contuvo mordiéndose los labios; The Kiss hubieran muerto de envidia. Para hacer contraste, se puso unos botines y una chupa de color rojo. Se perfumó y dijo frente al espejo eso de “Huelo como un tío, tío”.

Lo que más le fastidió fue deshacerse de sus renos. Los dejó libres en un paraje protegido de Laponia. Nunca los maltrató. Los amaba, por eso sintió mucha pena, pero no estaba dispuesto a que lo denunciaran por maltrato animal.

Sacó del garaje un quad (eléctrico, claro está) del que arrastraba un remolque cargadísimo de regalos. Arrancó el motor y lanzó un beso, desde la distancia, a su mujer. Miró el reloj,  se acababa de dar cuenta de que era tarde. “Al lío”, posteó en su Facebook. Sin mirar atrás, empezó su trabajo, renovado, con muchos cambios. Para bien o para mal, acababa de romper la odiosa monotonía navideña.