Princesas, príncipes y viceversa

Imagen: Pixabay
El Príncipe Azul se despertó resacoso. Estaba desnudo en la cama, con un tremendo dolor de cabeza. Miró su iPhone para ver la hora, se dio cuenta de que tenía varias llamadas perdidas y un wasap de Rapunzel: «¿Dónde coño estás? ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Hoy estrenan en el cine Cincuenta sombras más oscuras». Estaba harto, muy harto de todas las relaciones que había tenido hasta el momento.

Su primera historia de amor, con Cenicienta, no terminó nada bien. Se cansó de ella a los pocos meses de matrimonio, porque lo de su mujer y la limpieza se había convertido en algo obsesivo-compulsivo, un síndrome de Estocolmo en toda regla: la lejía era el único perfume que usaba. En un principio intentó ayudarla, porque era cierto que la amaba con locura, pero, cuando ella decía eso de «¡Solo una chimenea más! ¡Te prometo que va a ser la última!», sabía que no iba a ser así. Estaba enganchada, era una yonki del detergente.

El tema con Blancanieves fue mucho más doloroso, porque cierta tarde la pilló en la cama mientras jugaba al teto con Gruñón; si se hubiera tratado de cualquiera de los otros enanitos, quizá el príncipe lo hubiera superado con el tiempo. Pero no… ¡con Gruñón no podría olvidarlo jamás! Siempre le había parecido un engreído y lo odiaba.

Rapunzel le parecía una niña muy bonita (tenía casi diez años menos que él). Llevaban poco tiempo saliendo. El sexo con ella era fascinante, pero él siempre fantaseaba viéndola con el pelo corto, tanto como el de la reina Cersei. En alguna ocasión, se había tocado a solas mientras pensaba en esa imagen. El único problema que tenía es que no la amaba y no sabía qué hacer para que la historia no terminara con perdices en el menú (las había aborrecido).

El Príncipe Azul, con un enorme dolor de cabeza, miró hacia un lado de la cama y sonrió. Maléfica estaba junto a él, completamente desnuda. Habían empezado a flirtear justo en el mismo momento en el que coincidieron en el plató de un famoso programa de televisión, al que acudieron como tertulianos. A él le gustó de ella su temperamento; a ella le agradó la juventud y el excelente físico del príncipe (como dijo él en la entrevista, la tableta ventral era gracias al hábito de hacer quinientas abdominales diarias).

Le pareció muy irónico verla dormir tan profundamente, tras los tres majestuosos polvos, se había convertido en la Bella Durmiente; a pesar de su mal genio, era bonita de verdad. Acarició con sumo cuidado toda la desnudez de la mujer y, al notar los pezones en las yemas de sus dedos, sintió cómo su falo real se alzaba. Apartó la mano de ella, reservando la excitación para cuando Maléfica se despertara. Cogió el móvil, respondió el mensaje de la peluda: «Mi caballo tiene matrícula par, hoy no puedo circular por el centro. Es imposible pasar a recogerte. Lo dejamos para otro día». Justo en ese momento, se despertó la amante. Lo miró sonriendo, algo muy extraño. «Buenos días. ¿Listo para desayunarte la manzana?», le dijo ella. El príncipe, sin llegar a responder, se sumergió bajo las sábanas buscando la fruta prohibida. Lo acababa de tener claro: no era lo mismo bajar, que subir trepando por un torreón para llevar a Rapunzel a ver una película cutre. Prefería estar allí abajo, entre las penumbras, buscando el mismo tesoro que había catado unas horas antes. Sin darse cuenta, se había pasado al lado oscuro, y eso le encantaba muchísimo. Ya no era azul, ahora era negro… tan negro como el seto de Maléfica.

@SowieConnelly

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