Princesas, príncipes y viceversa

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El Príncipe Azul se despertó resacoso. Estaba desnudo en la cama, con un tremendo dolor de cabeza. Miró su iPhone para ver la hora, se dio cuenta de que tenía varias llamadas perdidas y un wasap de Rapunzel: «¿Dónde coño estás? ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Hoy estrenan en el cine Cincuenta sombras más oscuras». Estaba harto, muy harto de todas las relaciones que había tenido hasta el momento.

Su primera historia de amor, con Cenicienta, no terminó nada bien. Se cansó de ella a los pocos meses de matrimonio, porque lo de su mujer y la limpieza se había convertido en algo obsesivo-compulsivo, un síndrome de Estocolmo en toda regla: la lejía era el único perfume que usaba. En un principio intentó ayudarla, porque era cierto que la amaba con locura, pero, cuando ella decía eso de «¡Solo una chimenea más! ¡Te prometo que va a ser la última!», sabía que no iba a ser así. Estaba enganchada, era una yonki del detergente.

El tema con Blancanieves fue mucho más doloroso, porque cierta tarde la pilló en la cama mientras jugaba al teto con Gruñón; si se hubiera tratado de cualquiera de los otros enanitos, quizá el príncipe lo hubiera superado con el tiempo. Pero no… ¡con Gruñón no podría olvidarlo jamás! Siempre le había parecido un engreído y lo odiaba.

Rapunzel le parecía una niña muy bonita (tenía casi diez años menos que él). Llevaban poco tiempo saliendo. El sexo con ella era fascinante, pero él siempre fantaseaba viéndola con el pelo corto, tanto como el de la reina Cersei. En alguna ocasión, se había tocado a solas mientras pensaba en esa imagen. El único problema que tenía es que no la amaba y no sabía qué hacer para que la historia no terminara con perdices en el menú (las había aborrecido).

El Príncipe Azul, con un enorme dolor de cabeza, miró hacia un lado de la cama y sonrió. Maléfica estaba junto a él, completamente desnuda. Habían empezado a flirtear justo en el mismo momento en el que coincidieron en el plató de un famoso programa de televisión, al que acudieron como tertulianos. A él le gustó de ella su temperamento; a ella le agradó la juventud y el excelente físico del príncipe (como dijo él en la entrevista, la tableta ventral era gracias al hábito de hacer quinientas abdominales diarias).

Le pareció muy irónico verla dormir tan profundamente, tras los tres majestuosos polvos, se había convertido en la Bella Durmiente; a pesar de su mal genio, era bonita de verdad. Acarició con sumo cuidado toda la desnudez de la mujer y, al notar los pezones en las yemas de sus dedos, sintió cómo su falo real se alzaba. Apartó la mano de ella, reservando la excitación para cuando Maléfica se despertara. Cogió el móvil, respondió el mensaje de la peluda: «Mi caballo tiene matrícula par, hoy no puedo circular por el centro. Es imposible pasar a recogerte. Lo dejamos para otro día». Justo en ese momento, se despertó la amante. Lo miró sonriendo, algo muy extraño. «Buenos días. ¿Listo para desayunarte la manzana?», le dijo ella. El príncipe, sin llegar a responder, se sumergió bajo las sábanas buscando la fruta prohibida. Lo acababa de tener claro: no era lo mismo bajar, que subir trepando por un torreón para llevar a Rapunzel a ver una película cutre. Prefería estar allí abajo, entre las penumbras, buscando el mismo tesoro que había catado unas horas antes. Sin darse cuenta, se había pasado al lado oscuro, y eso le encantaba muchísimo. Ya no era azul, ahora era negro… tan negro como el seto de Maléfica.

@SowieConnelly

Cambios

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Se miró una vez más al espejo. En la prensa escrita decían que su cara aburría muchísimo. Había perdido casi treinta quilos desde el último 26 de diciembre. Una dieta de esas chungas, que junto a una tabla severa de ejercicios físicos, lograron un cambio radical. Para ser un anciano, estaba muy fibrado: “¡Que te den, Gianluca Vacchi!”, musitó. Pero él, se había ganado a pulso su sorprendente metamorfosis, sin ciclos vía intramuscular. No, él no era un tramposo. Pero no estaba contento con su cara. Frente al cristal, desnudo, meditaba qué hacer para que su rostro casara con el cuerpo. Sin pensarlo mucho, cogió unas tijeras y empezó a cortar la frondosa barba blanca, hasta que pudo usar una cuchilla y afeitarse. Lo hizo, sin más. 

Echó una carcajada al ver que su barba había desaparecido. En su lugar había una atractiva perilla. Se quitó las gafas y se puso unas lentillas. Diez o quince minutos tardó. La tediosa tarea valió la pena, porque por primera vez en décadas, sus ojos de color azul destacaban sin un armazón que cubriera su atractivo.

Se enfundó unos pantalones de cuero negro que le hacían un culito prieto, tan apetecible, que su mujer se contuvo mordiéndose los labios; The Kiss hubieran muerto de envidia. Para hacer contraste, se puso unos botines y una chupa de color rojo. Se perfumó y dijo frente al espejo eso de “Huelo como un tío, tío”.

Lo que más le fastidió fue deshacerse de sus renos. Los dejó libres en un paraje protegido de Laponia. Nunca los maltrató. Los amaba, por eso sintió mucha pena, pero no estaba dispuesto a que lo denunciaran por maltrato animal.

Sacó del garaje un quad (eléctrico, claro está) del que arrastraba un remolque cargadísimo de regalos. Arrancó el motor y lanzó un beso, desde la distancia, a su mujer. Miró el reloj,  se acababa de dar cuenta de que era tarde. “Al lío”, posteó en su Facebook. Sin mirar atrás, empezó su trabajo, renovado, con muchos cambios. Para bien o para mal, acababa de romper la odiosa monotonía navideña.

Pago por adelantado

Sheryl Montana, apesumbrada, entró vestida de luto en el local de un bajo comercial del viejo barrio de Storyville. Eso sí, lo hizo con la belleza y glamour que tanto la caracterizaba: su cuerpo, joven, se estilizaba tras un elegante vestido de Chanel y unos bonitos zapatos de tacón fabricados por un excéntrico zapatero turco. Ocultaba sus ojos tristes, siempre tras unas enorme gafas de sol diseñadas por la modista Carolina Herrera. Una pija en toda regla, sí, como sus andares neoyorquinos sacados de Upper East Side. Acababa de llegar a New Orleans desde New York. Un viaje bastante largo con un propósito extraño, tanto, que las piernas no dejaron de temblarle desde que leyó el letrero del negocio: «Madamme Bubba Louise: libros, hechizos y otros contactos». Estaba allí por eso, no por los libros, porque en realidad solo leía la revista Vogue, sino por esa frasecita que le había irritado el estómago al leerla por lo bajini: «Otros contactos…». La recibió una mujer mayor, con una redondez perimetral muy pronunciada, tal vez y sin exagerar como la tripa de un hipopótamo, y piel más oscura que aquel lugar. Sin duda, le faltaba una ventana mucho más grande o un par de focos para que el sitio estuviera decentemente alumbrado. Y pese a que la falta de luz le aterraba, más lo hizo las numerosas estanterías repletas de objetos raros que no se podían apreciar del todo bien: rastras de ajos, botes en alcohol con sapos en su interior, cráneos de macacos (o eso quiso creer ella) y muñequitos sin rostro hechos con paja. Eso sí, le resultó un alivio ver un letrero que decía «Se acepta American Express».

—Se paga por adelantado —le dijo la anciana.

Sheryl no se quejó. Sacó la tarjeta de crédito de su billetera, y sin preguntar el precio, se la dio a la dueña del local. Marcó un dígito con varios ceros y procesó el pago.

—Listo —dijo la vieja, sonriente. Acababa de engordar su cuenta bancaria algo más que su propia cintura.

Hizo pasar a la chica a otro cuarto mucho más diminuto. Allí había una pequeña mesa en el centro del salón, junto a dos sillas. No había ninguna ventana, solo una pequeña lámpara colgada en el techo que daba una luz roja. El olor era apestoso: numeroso moho cubría las paredes del lugar. Sheryl hizo intento de parar una arcada. A la vieja le resulto graciosa la imagen.

—No te preocupes, niña. El moho canaliza las energías… es la puerta al otro lado.

La hizo sentarse y le pidió que contara qué era lo que necesitaba en concreto. La neoyorquina fue directamente al asunto. No quería alargar más de la cuenta su estancia.

—Mi novio falleció antes de decirme algo importante.

Su ex, un importante empresario con casi veinte años más que ella, murió en una de esas noches en que las parejas se dedican amor profundo, con las yemas derrapando rincón a rincón; con las lenguas enlazadas buscando el salitre más escondido del amor. Era evidente que ella, aunque pudiera sentir cierto amor por él, no era más que una interesada que supo atraparlo, pero que lo perdió todo (la fortuna de él sobre todo) cuando él murió entre sus piernas sin haberla llegado a nombrar heredera de su mansión en Dallas, ni de toda la fortuna que arrastraba su apellido.

—Entiendo. No necesito más detalles. Dame tus manos, cierra los ojos y piensa en él.

Hizo todo lo que le pidió. El silencio dejaba percibir los ladridos de un perro callejero que se quejaba por no haber encontrado nada para comer. Por un momento, abrió los ojos y vio a la anciana concentrada. No decía nada. Volvió a cerrarlos justo después de pensar que todo aquello era una chorrada y que la habían timado. Se engañó.

Una extraña ventisca movió la lámpara. Allí no había ningún hueco por el que el aire de la calle se pudiera colar para hacer lo que había hecho. Sheryl lo sintió. Algo rozó su largo y bonito cuello; lo supo, fue una caricia. Asustada abrió los ojos y, entonces, el pánico se apoderó de ella. Se encontró con la vieja sonriendo. Tenía los ojos abiertos de par en par, aparentemente en cualquier momento podían salirse de sus cuencas. La médium permanecía callada. La joven intentó levantarse para marcharse, pero una extraña voz aguda salió de la boca de la hechicera.

—Bomboncito, ¿dónde vas?

Quedó paralizada. Solo había una persona que la llamaba así y ya no estaba en la tierra.

—Sigues igual de estupenda que siempre —dijo un ente que se apoderó del cuerpo de la vieja.

—¿Eres tú? —musitó Sheryl.

—Claro, bomboncito. ¿Ya no te acuerdas de mí?

Ella se echó las manos a la boca, asombrada. Hubiera llorado, pero no de amor sino de pánico.

—¿Para qué me has clamado? Sabes que siempre es un gusto verte, pero esto ya no es lo mismo. ¡No está bien!

Soportó la reprimenda como una adolescente por llegar más tarde de la hora acordada con los padres.

—Solo necesitaba saber una cosa. Antes de… —hizo una pequeña pausa— morir, querías decirme algo. Nunca lo hiciste y necesito saber qué era.

La anciana se levantó despacio y se acercó hasta Sheryl. La cogió de las manos y la hizo levantarse de la silla. Ambas quedaron frente a frente. La joven era bastante más alta que la médium.

—¿Me amas? —Le preguntó el ente a su ex.

Ella dudó en qué decir. Simplemente había acudido hasta allí para que el difunto le dijera dónde encontrar toda su fortuna. Esa pregunta la descolocó, demasiado.

—Sí.

—¿Hasta el infinito y más allá? —preguntó una vez más la poseída.

Sin pensar mucho, respondió nuevamente.

—Sí, claro.

La vieja sonrió. Cogió a la pija por la cintura y con un leve empujón se la cercó hasta sus labios. La besó con ganas mientras sus manos se resbalaron por la cintura de la joven, hasta el trasero. Le cogió con fuerza las nalgas mientras la achuchaba contra ella. El beso se convirtió en largo y placentero para ambas. Cuando el ente se encontró saciado, se apartó lo justo para mirarla a los ojos. Ella, mientras se reponía de algo imprevisto pero gustoso, se sintió avergonzada a la vez que esperaba una respuesta.

—Pues que así sea —dijo él en boca de la anciana, y sin soltar a su querida, empezó una extraña función.

La luz, de repente, inició un continuo parpadeo. Sheryl escuchó una voz gutural que la aterró: «Si me quieres, me acompañarás». Ella intentó apartarse, pero la vieja tenía una fuerza descomunal. No pudo quitársela de encima. Gritó, pero de poco le sirvió, porque la mujer rechoncha la miró con gula. Tanto que, abrió la boca y de una manera impensable, se hizo monstruosa. Se la comió, así, sin más. Todo el delicado cuerpo de la neoyorquina, empujado por pura magina negra, entró por la boca convertida en unas gigantescas fauces.

Cuando la vieja recobró el conocimiento, no recordaba por qué estaba allí, saciada, con su enorme tripa llena. Apagó la luz y salió de la habitación con una enorme pesadez en el estómago. Eructó. Nunca llegó a entender por qué ningún cliente salía de allí dentro, pero sí supo que fue una gran decisión eso de cobrar por anticipado, porque al fin y al cabo, su trabajo, bien o mal, estaba hecho.

Los ángeles no tienen sexo

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Ha pasado mucho tiempo pero lo recuerdo a la perfección: seis de marzo de mil novecientos ochenta y cinco; diez de la mañana, ingreso en maternidad. Al fin, tras nueve meses llenos de dolores y placer, iba a ver tu cara, la de mi bebé. Te esperaba con mucha expectación, porque jamás me dijeron tu sexo. Bueno, no es cierto del todo. Las vecinas mayores de la calle me hicieron un juego de esos extraños en los que te aseguran si vas a tener un niño o una niña: las tijeras cada vez decían una cosa. Lo peor fue buscarte un nombre. Tardamos en ponernos de acuerdo, pero al final lo hicimos: Lucía en caso de ser chica y Vicente si al final eras chico.

¿Sabes? Fue muy emocionante descolgar el teléfono y llamar a tu padre al trabajo. Aún recuerdo lo nerviosa que se puso la recepcionista al decirle que estaba de parto y que le necesitaba a mi lado. No tardó en llegar a casa, y con su flamante  Seat 127 me bajó a todo gas hasta el hospital. Todavía logro sonreír al recordarlo: «¿Ha roto aguas?», preguntó la enfermera del mostrador. Entonces tu padre, con el humor que tanto le caracteriza le dijo: «¡El Sichar al completo!».

Cuando me hicieron pasar al paritorio se convirtió en algo muy duro. Sentía tus ganas por salir y encontrarte con nosotros. Estaba agotada, y tu papá se mostraba más nervioso que yo. Era gracioso contemplar a las enfermeras intentando calmarlo. «Tranquilo, todo irá bien», le escuché decir a una de ellas. Y todo iba fenomenal hasta que empecé a  empujar. Perdí la conexión contigo y desfallecí. Saliste de mi vientre sin llegar a percibir la luz. No me hizo falta ver al ginecólogo para saber que no iba a poder disfrutar de ti. Sus palabras tampoco me sirvieron de consuelo, poco antes noté que te marchabas de mi lado para siempre.

Por eso cada seis de marzo lo celebro con nostalgia y resignación. Porque me lo diste todo sin haber pasado  el tiempo que deberíamos haber tenido para nosotros dos. Porque aunque tu destino no estaba escrito a mi lado, me enseñaste a sentir y a vivir como una madre primeriza. Mis lágrimas así lo aseguran todas las primaveras al recordar tu rosada y pequeña cara angelical. Nunca me cansaré de clamar al cielo por ti. Los años pasan pero una madre no olvida. Algún día sé que marcharé para estar a tu lado, y entonces te arroparé con mis brazos. Te cantaré la misma nana que escucharon tus hermanos: «run, run, run, mi bebé mira al sol; run, run, run cantaremos tú y yo»,  luego te besaré. «Mamá te quiere», nunca lo olvides.

Explorando a Venus

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Llevaba ya rato con sensación de calor. Sus manos eran cómplices de su pensamiento. A su vez, se convertían en las únicas peregrinas de su propio Monte de Venus. El recuerdo de los brazos de Carlos, abrazándola con delicadeza, promovía la excitación que había empezado a experimentar sola, en la cama.

Era su fantasía, mandaba ella. Le ordenó que la besara, y él lo hizo. Paseó la lengua por su oreja y la deslizó poco a poco por el cuello hasta la yugular. Allí la mujer se convirtió en un apetitoso bocado vampírico. Carlos la mordisqueó. No le dolió. Lo único que consiguió fue que su pulso se acelerara. De su boca empezaron a salir pequeños gemidos de placer: “Sigue…”. Ante su nuevo mandato, el hombre se deshizo de la única tela que cubría la Serranía de la Felicidad. Aparecieron dos esbeltos pechos.

En uno de ellos había una marca, un bonito lunar. Él lo tuvo claro, iba a intentar borrarlo con la lengua. Fue tal el empeño que puso, que no tardó en coronar las cimas: dos pezones erectos donde plantó la bandera de “tierra conquistada”.

Ahora ya no mandaba ella. Lo dejó a su aire. Sabía que él se apañaría bien con la exploración, lo estaba demostrando. Decidió seguir descendiendo. La humedad de sus besos se hizo evidente, cada paso que daba servía pare reblandecer el terreno. Llegó al punto prohibido. Venus se veía de cerca, pero aún debía pasar la frontera. Entonces se vio indeciso. La miró a los ojos buscando permiso. La sonrisa de la mujer fue la encargada de timbrar el pasaporte, su lengua tenía derecho de paso, y no se lo pensó. Cruzó. Se adentró en lo más recóndito de ese nuevo mundo. Ella se estremeció, no pudo controlarse. Pronto la lengua encontró un río fluvial distinto al suyo. Su viaje terminó, al fin llegó al centro de Venus.

Cuando abrió los ojos, la cabeza del hombre ya no estaba entre sus piernas. Se dio cuenta de que lo único que había explorado su cuerpo habían sido sus propias manos. La fantasía se esfumó. No importaba, había disfrutado del premio que Carlos había conseguido para ella. “Le debo un café…”, dijo mientras reía tumbada sobre la cama sorprendida por su caliente imaginación.

Amarte en blanco y negro

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Me gusta amarte en blanco y negro, descubrir esa nostalgia que siempre me ha ayudado a desearte en secreto, disfrazado por la cotidianidad del ir y venir ante tus ojos; pensar que tú no lo sabes y me sigues regalando esa sonrisa eterna en bicromía, anclada en ese mismo pasado en el que los cigarrillos permanecían en los labios, con la única intención de seducir, así, sin más, sin ningún bolero de por medio; me gusta amarte en blanco y negro, y por lo menos saber que nuestra historia, la mía más bien, a quién quiero engañar, siempre será como aquella delicada pero complicada película de los años treinta, con un beso final que habré convertido en una ficción monocromática.

Amantes de lo cotidiano

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Después de todo me detuve a contemplar las pequeñeces que tu cuerpo siempre me ha dictado: acariciar tu piel, oler tu pelo, sonreírte. Todo ha cambiado con los años, pero nuestros orgasmos siguen siendo iguales; placenteros hasta el punto de querer parar el tiempo y disfrutarnos por la eternidad. Sabes que cuando me enfado contigo, por alguna de mis estupideces,  acabamos arreglando las cosas de la forma más sencilla, natural y humana que jamás habrá escrita: entrelazando nuestras lenguas, buscando un punto parcial de cordura. Siempre hemos sabido solucionar nuestros problemas. Hoy no ha sido distinto. Tu sonrisa, picarona, ha vuelto a decirme lo estúpido que soy en ocasiones. Yo no he tardado en utilizar mi mejor conjuro para pedir clemencia: “Lo siento”, te dije mientras te abrazaba y te mordisqueaba. Tú hiciste lo mismo, me agarraste y me dijiste al oído, «Mira que eres tonto». Lo que llegó después, fue lo más justo para volver a empezar, un excelente caldo de sudor, caricias y miradas lascivas. Mi sexo en el tuyo, bailando al compás de la movida rumba de tus caderas. Y al final, lo mejor de todo, un regadío de amor placentero.
Los años pasan, ya no somos aquellos jovencitos que intentaban jugar cogiéndose de la mano, pero seguimos queriéndonos como el primer día. A pesar de todo, siempre hemos sabido arreglar nuestras diferencias, la cama siempre será nuestro juzgado de paz. Eso nunca cambiará, lo sabemos, porque ante todos los males, nos gusta saldar nuestras penitencias conjugando el verbo amor.

Amor en Roma

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Sus ojos la encontraron desnuda, yaciendo sobre el lujoso lecho de sábanas de seda, sodomizada por la fuerza con la que su dueño le embestía por detrás, sin piedad alguna. El esclavo permaneció allí quieto, ante la orden de su dómine, aguantando con sus manos una toalla limpia y un enorme jarrón lleno de agua, pero esa impasividad que se veía en su rostro tan sólo era una fría máscara de cerámica con la que cubría su verdadero estado de ánimo. Por dentro se sentía afligido, destrozado al ver que su amada era obligada a dar disfrute al amo, un auténtico cretino procedente de la mismísima Roma.

Vico sabía que aquella sumisión sólo se trataba de una crueldad carnal a la que obligaban de vez en cuando a la joven. Aun así, aquellos encuentros de sudor y jadeos le pateaban de forma muy dura su corazón enamorado. Quizá podría haber intentado librar a su querida de las asquerosas manos de su señor. No le faltaba valor para hacerlo, tampoco le hubiera importado morir por tal motivo, pero Nerea le pidió por favor que no lo intentara. En una ocasión intermedió por ella y a cambio recibió veinte latigazos: uno por cada año de su vida.

Justo antes de escuchar un grave y varonil grito, Vico y Nerea quedaron enlazados unos segundos por sus miradas. Bastaron cuatro ojos privados de libertad para consolarse y empatizar con la difícil situación de sentirse menospreciado, por haber nacido siendo hijos de esclavos. El señor de la casa solía decir que la plebe tenía la misma sangre que las ratas, pero por lo visto a él no le importaba aparearse con sus siervas. El amo terminó con desprecio y ordenó a su súbdita que marchara de inmediato de su cama. Ella lo hizo con mucho gusto, cuando acababa la tormenta era el único momento en el que encontraba libertad. Antes de salir de allí se cruzó de nuevo con la mirada de Vico; ella se sintió un despojo, agachó la cabeza y se marchó desnuda, desbordando tristeza con cada uno de sus pasos.

«¡Puta esclava, me ha puesto perdido con su jodido sudor! ¡Por Neptuno, ve a por más agua!», le ordenó a Vico al no sentirse limpio del todo.

La encontró justo al lado de la fuente, cuando se disponía a rellenar el cántaro. Nerea, aunque en apariencia lucía su piel impoluta, no paraba de frotarse con fuerza. Todavía podía sentir el hedor de su amo sobre la nuca. Vico la miró con la misma ternura que un enamorado intenta atrapar la luna con sus dedos. Unieron de nuevo sus miradas.

El hombre abrió la boca para pronunciar sus primeras palabras del día. Al amo le gustaba que sus esclavos fueran silenciosos, por eso amenazaba con cortar la lengua a quien se atreviera a hablar sin su permiso. «¿Estás bien?», le dijo a ella, pensando en lo estúpida que había sido su pregunta. «Me duele, pero el alma», contestó Nerea, mientras bajaba su mirada al suelo y sin parar de limpiarse. «Imagino tu dolor», respondió él con su cara más triste, a punto de dar vida a una lágrima. «¿De verdad?», quiso saber la esclava. Afirmó con la cabeza. Luego dejó el jarrón a un lado y se acercó hasta ella. No era la primera vez que veía a la mujer de sus sueños desnuda, aunque jamás había estado tan cerca de ella. En esta ocasión llegó a notar el calor de su cuerpo, cosa que le gustó.

«Yo también sufro cuando el amo pone sus manos en ti, cuando te posee con sus posturas y palabras infames. Mi corazón se destroza cada vez que la angustia se aloja en tu rostro y sólo es capaz de reflejar infelicidad. No soporto ver que la belleza de tus ojos se derrocha con las oscuras noches de alcoba a las que te someten», la cogió de la mano y acarició con mucha delicadeza su piel. «¿Por qué dices todo esto, Vico?», se interesó ella, a lo que él respondió: «Porque te amo, mi señora. Lo hago desde que los dioses me susurraron al oído que debía conformarme con ser un esclavo más en la casa de los Piaggio. Yo no me resigno a ser un mero hombre sin libertad, porque tengo derecho a amar, e intentar tener la fortuna de ser correspondido. Yo te quiero, Nerea. Sí, soy un hombre sin futuro, pero con un corazón puro que siempre vela por ti».

Por un instante quedaron en silencio. Ella cogió la robusta mano derecha de Vico y la puso en su pecho, todavía desnudo. «¿Lo sientes palpitar?», preguntó Nerea. «Sí… ¿Y ahora qué?», dijo él un tanto confuso. «Ahora, al fin me siento libre y amada», sonrió.

Sus lenguas se unieron saboreando el eterno y amargo recorrido del amor de unos esclavos en tierras romanas, con la esperanza de algún día poder respirar la auténtica libertad. Por el momento, abrazados, sintiéndose el uno al otro, creían tener más cerca el final de ese complicado camino. Sí, sus cuerpos estaban presos, pero sus corazones podían viajar más allá, eran libres de amar. Eso, nadie podía quitárselo a ninguno de los dos.

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El viejo Blas llegó montado en su vespino de color rojo. Llevaba un cajón cargado de patatas de su propia cosecha. Aunque estaba jubilado, jamás renegó de la buena costumbre de #madrugar. Se levantó temprano, y después de beberse un café, tocado con la simpatía de Terry, acudió hasta su granja para realizar las tareas cotidianas: mimar a sus animales para obtener la mejor leche.

Pero esa mañana hizo algo nuevo. Hincó las rodillas en el suelo y se puso al lado de Marina, su cabra más fotogénica. Luego pulsó el botón rojo del móvil, y envió un #selfie muy simpático  a su nieta: «¡Saludos desde la Moncloa!», escribió con sorna el abuelo.

Blas no tardó en recibir una respuesta: «Abu stas peor qla kbra! xD <3».  El hombre se alegró al imaginar la enorme sonrisa. Se notó #melancólico por tenerla muy lejos, pero satisfecho al encontrarla más cerca gracias al móvil. Se sintió un #crack, aunque en realidad no llegó a descifrar todo el mensaje.

La soledad

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Susanne miraba de forma impaciente su pequeño reloj de pulsera. Estaba preparada, pero se mostraba impaciente por ver cómo la manecilla se posaba sobre las doce, para que al fin, llegara el ansiado día. Cumplía con pulcritud el mismo ritual todos los años: se cepillaba su canosa melena; luego se pintaba los labios de color rojo pasión, ante el espejo del tocador, su único amigo y compañero en las últimas décadas.

 Salió de su habitación con el paso lento que le había marcado los años, y bajó hasta la cocina. La desgastada madera de las escaleras provocó una melodía: «La Soledad», ese era el nombre de la banda sonora de su vida. Sacó del frigorífico una enorme tarta de nata y chocolate. La hizo la noche anterior, usó la misma receta de siempre, jamás cambiaba nada. Tampoco esta vez pudo evitarlo, quitó un poco de crema con su dedo índice y se lo llevo a la boca: «¡Seguro que le gusta! », dijo tras comprobar que una vez más le había salido deliciosa. Sacó del tercer cajón del mueble tres velas y las puso de forma alineada; las encendió. Cuando comprobó que todo estaba listo, suspiró lo más hondo que pudo. Luego regresó hasta el piso superior.

            Se detuvo justo delante de la puerta.  Se acercó con sigilo, no quería delatar la sorpresa. Sostuvo la tarta con una mano y la otra la puso en el pomo; lo giró, abrió de forma rápida: «¡Felicidades, cariño!», gritó emocionada. Le respondió el silencio, y el olor a quemado de la habitación. Nada más, allí no había nadie que pudiera saltar ni gritar de alegría por aquel bonito detalle. Nadie, o al menos en persona, porque lo que sí había eran recuerdos por todos los rincones: las paredes pintadas en antaño con un tono malva, juguetes esparcidos por el suelo, y una pequeña cuna que mucho tiempo atrás fue un nido de vida. Pero en esta ocasión todo estaba absolutamente cubierto por hollín, quemado en un incendio que se llevó a su pequeño bebé de tres años. Poco después perdió a su marido, también por culpa del fuego. El hombre se quemó, pero no fue cosa de las llamas, sino de la locura de su esposa que no supo recuperarse de la muerte de su hija. La abandonó cierta tarde sin despedirse de ella, pero Susanne jamás pareció enterarse: «Papá vendrá enseguida, ha salido a por tabaco», dijo mirando a la cuna. La mujer sonreía al vacío, mientras las yemas de sus dedos pasaban sobre la madera ennegrecida e intentaba captar todos los recuerdos posibles de la pequeña Sophie.

    «Otro año…», pensó justo antes de cerrar la habitación, entonces se dio cuenta de todo. La primera lágrima que se desbordaba por su ojo derecho también era la misma de siempre, la encargada de recordarle que jamás había estado loca, sólo era una mujer que había aprendido a seguir amando en la más absoluta soledad.