Crónicas del Rey de Copas

Viernes, 21 de diciembre de 2018.

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08:00 horas de la mañana; faltan 12 para la cena.

Mal augurio. La cafetera no funciona, me he quedado sin mi dosis de cafeína y hoy la necesito más que nunca. Se presenta un día más largo que el último videoclip de Leticia Sabater. ¡Esta noche hay cena de empresa!

12:00 horas de la mañana; el descansito.

Estoy petao. Aún no han reparado la máquina de café, y me cuesta tanto abrir los ojos, que sin darme cuenta me he tropezado con el jodido y austero árbol de Navidad que Puri, la de Recursos Humanos, pone todos los años en el pasillo para que el mundo entero sepa que la cosa no va bien y no hay dinero ni para bolas —si pusiera todas las que se ha tragado para llegar a su puesto, seguramente ganaríamos el premio al pueblo más bonito de Ferrero Rocher—. Este año tampoco ha habido aguinaldo, lo achacan a esa maldita flecha de un gráfico Excel  —bastante cutre, todo sea dicho— que apunta hacia abajo. He decidido echar mano a la petaca de coñac  para contagiarme del bonito espíritu navideño de esta oficina: glup, glup, glup, glup… —cara de chino chupando un limón— ha sido un trago más largo de la cuenta.

14:00 horas de la tarde; fin de la jornada.

Como es habitual en estas fechas, hoy hemos terminado de trabajar a las dos. Es algo que se inventó el cretino de Juan para jugar a la chorrada esa del amigo invisible. Se ha convertido en un clásico ver quién hace el regalo más horrible de todos. A alguien muy borde se le ha ocurrido este año regalar a Teresa —la pechotes de la oficina— un balón de playa de esos que regala cierta compañía fabricante de mayonesa. El mío ha sido tan invisible que ni se ha presentado: ¡Me cago en sus muelas!

20:00 horas de la tarde; la previa.

En el bar de abajo. Nada destacable. He rezado media docena a San Miguel; también he rogado por mi mujer, para que sea piadosa conmigo al día siguiente.

He vuelto a orar una última vez por ella.

21:30 horas de la noche; el banquete.

Esta vez he tenido suerte, demasiada. Los últimos años siempre se acoplaba a mi lado el pesado de Federico. No es que sea mal tío, pero detesto el  vicio que tiene de ir al baño cada dos por tres para esnifarse lo que él llama a voces «La Navidad»; no es muy listo que digamos.  Me he sentado al lado Teresa. Tras la última copa no he podido aguantarme, he reído como un poseso al recordar el balón de playa. Vino abundante, menú decente, y precio, a esas alturas, aceptable.

00:00 nuevo día; el Rey de Copas.

Tras la cena y en la barra del mítico Cantonet, he perdido la cuenta de los gintonics. Alguien me bautiza como «El Rey de Copas»; ahora sí, la cartera me dice que la noche está saliendo algo carilla; decido cantar al karaoke por eso de no echarme a llorar.

01:00 horas de la madrugada;  una más, Justino.

Ni de coña. Tras un par de canciones ya no me dejan cantar. La rubia —la misma que creía que me estaba haciendo ojitos—  me quita el micrófono y se pide esa de «…y se marchó»; entonces me fui. Acabé en un garito con un rebaño que no era el mío.

02:30 horas de la madrugada; un reggeton.

Me doy cuenta, al mismo tiempo que miro el fondo de mi copa, que Georgie Dann y King África ya no son nadie; yo tampoco lo soy: veo que mi intento de mover el culo es un tanto ridículo y, en un momento de cordura, decido que ya está bien.

05:00 horas; un taxi y a dormir.

El taxista no me entiende. Me ha dejado en la otra punta de la ciudad. Me bajo sin darme cuenta de ello. Yo no vivo allí, pero decido ir andando a casa para que me dé el airecillo. Ufff, me hace falta.

12:00 horas del post-apocalipsis.

Me despierto, pero antes de abrir los ojos veo una serie de “momentazos” que pasan por mi mente a toda prisa: risas mojadas con alcohol, más de la cuenta; siento vergüenza, demasiada. «¡Ojalá que el lunes nunca llegue!», pienso mientras echo mano a la caja de paracetamol, esperando que una de sus dosis cure el dolor de cabeza y limpie mi memoria, jurando no volver a hacerlo más… No me lo creo ni yo.

 

Mermelada

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Hoy he vuelto a sentirme solo, las sábanas sin ti ya no son lo mismo. Porque tu calor desapareció hace mucho tiempo, aunque tu aroma aún perdura en la habitación. Igual es algo psicológico, pero he sentido la necesidad de recordar bastantes de las cosas que hicimos juntos. ¿Por qué? Es sencillo de explicar: simplemente te extraño.

No quiero creer que fuiste una amante sin más, me resisto a pensar que eras la típica sonrisa con fecha de caducidad. Lo nuestro fue especial, y aunque antes de adentrarme en ti ya sabía que no me pertenecías, no pude evitar chafar con los dos pies dentro. El sexo nunca fue complicado, pero sí lo que empecé a sentir tras nuestros bailes en la ciénaga.

¿Que cuál es el mejor recuerdo que tengo tuyo? ¿En serio quieres saberlo? Todo empezó en la cocina.

Me dijiste que te atara el delantal, y lo hice no sin aprovecharme de ello. Mis manos en tu cintura deslizándose hacia abajo. Luego, sentí un ligero manotazo tuyo advirtiéndome: «¡El postre no está listo!». Me obligaste a ponerme ese otro delantal tan ridículo: «¡Olé que arte mi niño!», dijiste mofándote del horroroso diseño andaluz.

¿Luego? Pusiste agua a hervir y me pediste ayuda con la receta. Lo hice más bien de lo que podrías haber imaginado. Colocaste una fresa en tu boca y me invitaste a acercarme. Eso fue sencillo, presioné mis labios contra los tuyos, con la fruta de por medio. ¡Qué placer! Nuestro calor derritió su piel y el jugo invadió nuestro paladar. Mi lengua rebelde se escapó y acarició la tuya. Después de eso quedaron entrelazadas, moviéndose y agitando el azúcar.

Cuando despegué mis labios de los tuyos te pregunté por el nombre de la receta. «¡Mermelada de fresa!», me dijiste.

Desde el mismo día que desapareciste de mi vida odio el sabor de la fresa, y me pongo de peor humor cuando mi abuela insiste en darme la receta. ¡El vello de punta!

 

La maleta de Paca

Apenas habían pasado unas horas desde que su madre yacía tras un frío nicho y se vio en la necesidad de dejar la casa del pueblo completamente organizada, antes de regresar a su rutinaria vida en la capital. Mientras su mujer se encargaba de quitar el polvo a los muebles y empaquetar los objetos de más valor, él, sentado sobre una vieja silla de esparto, quedó mirando las humedades de las paredes. Recordó cómo antaño su viuda madre se encargaba del mantenimiento del hogar. Pese su intención de querer ayudarla en todo momento, ella siempre le quitó la mayoría de incomodidades. A su anciana madre no le hubiera gustado ver la corrosión en las paredes y sintió un impulso irrefrenable de repararlas.

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Se dirigió al altillo de la casa para buscar herramientas y algo de pintura con la que maquillar los desperfectos. El hecho de entrar por la puerta y ver el perfecto orden que había en el cuarto, le hizo recordar las regañinas  que le daba su madre cuando solía jugar allí de niño. Siempre le dijo que allí guardaba cosas muy valiosas, pero él tan solo vería objetos inútiles llenos de polvo. Ahora, adulto y ante aquella magnífica colección de objetos, se daba cuenta de lo que quería decir su madre: todas aquellas cosas tenían un valor sentimental y servían para rescatar recuerdos del olvido.

Observo que, sobre lo alto de una estantería, había botes que parecían ser de pintura. Se acercó hasta allí y, al intentar coger uno de ellos, hizo caer una vieja maleta a tierra. El impacto provocó una gran nube de polvo que tardó unos segundos en aposentarse. El aspecto antiguo y delicado de la maleta le llamó enseguida la atención. Creyó no haberla visto nunca y eso aumentó su curiosidad por ver el contenido.

Le costó desatar las dos cuerdas que estaban puestas como un seguro extra y, luego, retiró los anclajes para dejar al descubierto el interior. La maleta estaba repleta de cartas. No tardó en extraer un par de ellas y se emocionó al ver que eran escritos de puño y letra de su padre, al que nunca llegó a conocer. El agradable descubrimiento hizo que se olvidara del motivo por el que estaba allí y se sentó en una mecedora con intención de leer alguna de las cartas. Ojeó selectivamente las fechas y encontró una posterior a su nacimiento. Abrió el amarillento sobre y extrajo el papel que empezó a leer con mucha dedicación:

» Mi querida y amada Paca:
Me alegra que no hayas traído al niño en tu visita de hoy, me supone un gran dolor verlo y no poder besarlo. Siento haberme mostrado tan triste y poco receptivo, pero en esta carta te lo explico todo.
Tras estos muros que nos privan de nuestra merecida libertad, tan solo se respira la muerte. Intuyo que apenas me quedan unas horas de vida y te escribo la presente para despedirme de todos vosotros.
Quiere el tan caprichoso destino quitarme la felicidad que venía gozando desde el día que te conocí, y de privarme ver crecer a mi pequeño y tan amado hijo. Me amarga tener que dejar este mundo a sabiendas que el pequeño Gerardito no va a poder disfrutar jamás de su padre. Paca, educa al chaval lo mejor que te sea posible y dale dos enormes besos el próximo 24 de abril, día en el que cumple sus dos primeros añitos de vida. ¡Dios quiera que mi muerte y la de los demás sirvan para que nuestras familias vivan por muchos años!
Hazme un favor, dile a mi madre y hermanos que los llevo con mi mente a la tumba, que siempre los tuve presentes en estos fríos calabozos, que les pido por favor que te echen una mano para sacar al niño adelante.
Y a ti, mi amor, ¿qué te voy a decir? Que te amo y lo haré eternamente donde quiera que esté. Recibe junto mi último abrazo la fotografía que te adjunto en el sobre, la única culpable de mantenerme vivo en estos meses de cautiverio. Tómala y guárdala como si fuera mi corazón.
¡Adiós a todos! ¡Adiós!

Tu esposo, Gerardo.»

Buscó dentro del sobre y encontró una desgastada fotografía en blanco y negro. Le alegró comprobar que se trataba de un típico retrato familiar de la época, en él  aparecía en brazos de sus padres. Empezó a notar cómo la melancolía aplastaba sus lagrimales. Examinó detenidamente la imagen y se dio cuenta de que en la parte posterior había algo escrito.

«A mi mujer Paca e hijo Gerardo. ¡Tened en cuenta que os amo!».

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Sus ojos ya no pudieron aguantar la presión y explotaron en lágrimas. Las cristalinas gotas humedecieron la estampa. Besó el cartón como si se hubiera tratado de los rostros de sus padres y mencionó sus nombres en alto, intentando homenajearlos. Se enorgulleció de ambos, de su padre por haber sido víctima de la represión militar. Y de su madre, por haber logrado conseguir el coraje suficiente para criar a su hijo en suma soledad. No era un hombre de creencias religiosas, pero en ese momento la fe invadió su corazón y creyó oportuno considerar que, al final, sus padres se habían reencontrado en algún lugar. Imaginarlos una vez más juntos, les causó una verdadera alegría.

Se secó las lágrimas con las que había obsequiado la memoria de sus padres y guardó a buen recaudo la vieja fotografía. Echó la carta que acababa de leer dentro de la maleta y la volvió a cerrar. Dejó la misma a la vista para ojear el resto de las cartas más tarde, pues estimó que primero debía arreglar los desperfectos de las paredes de la casa. No quiso que el deterioro se viera reflejado en aquel hogar que, con tanto sacrificio, habían logrado sus padres.

 

El hombre que se cansó de comer espinacas

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Mientras cazaban ranas encontraron a un hombre desaliñado, durmiendo. Despertó sobresaltado y provocó que los niños huyeran. Uno de ellos  se tropezó y cayó.

—¿Estás bien? —preguntó el desconocido.

—Sí, gracias. ¿Cómo te llamas? —el niño se interesó en él.

—¿Te importa mi nombre o quieres saber quién soy?

—¿No es lo mismo?

—Es distinto. Me llamó Ramón y soy un hombre libre.

—¿Eres un vagabundo?

—No, aunque así me llaman.

—¿Entonces? —preguntó extrañado el chaval.

—Me cansé de la rutina. Enfermé por un exceso de obligaciones y me rebelé contra el sistema.

—No lo entiendo.

—Mira, chaval…

—¡Eh! No  me llamo chaval, soy Fran —el niño se ofendió.

—Perdóname, Fran.

—No pasa nada —el niño aceptó la disculpa de buen agrado.

—¿Te gustan las espinacas? —le preguntó el hombre.

—¡No! ¡Para nada!

—Pues, imagina que tu madre te pone un plato de espinacas. A ti no te gustan, te enfadas y no las comes. Lo que consigues es tener ese plato verde para la noche. Al final, cedes y las tragas. Yo me cansé de las complicaciones impuestas.

—¿Comiste demasiadas espinacas? —preguntó extrañado el niño.

—¡Más de las que he querido!

—Mi mamá siempre me levanta el castigo.

—Así debería ser la vida, chaval.

—¡Me llamo Fran! —se enfadó.

Aparecieron los niños que habían huido y Fran se unió a ellos.

—¿Quién es el vagabundo? —preguntaron.

—Solo un tío que se cansó de comer espinacas.

Sin más, corrieron hacia el pueblo con intención de asustar a las niñas con las ranas que habían cazado.

 

 

Fusión incompleta

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Ya no encuentro consuelo ni en tus miradas ni caricias. Hace tiempo que me siento prisionero de la indiferencia. Los besos perecieron antes de dar vida a ese sentimiento llamado amor. Ya no me siento seguro entre tus brazos, pues un despiste emocional ha condicionado nuestra relación. Tu corazón se ha convertido en un matojo seco que espera una chispa para matar todo sentimiento vivo hacia mí.

No demos pie al odio, dejemos vagar el aire entre senos y Dios quiera asignarnos un nuevo destino a cada uno. Perdimos el rumbo del cual no hemos conseguido reencontrarnos. Naveguemos pues cada uno por su lado, aunque nos cueste borrar esa esencia llamada pasión.

Lo nuestro simplemente fue una compleja fusión física de la cual no llegamos a pasar al segundo grado: la estabilidad en nuestra relación.

 

El hijo de Parmenión

Ya no tengo fuerzas para seguir luchando por lo que me inculcó mi padre. Cada vez me cuesta más motivar a mis fieles soldados. ¿Para qué sirve derramar tanta sangre inocente? En un principio luchábamos por salvaguardar lo nuestro. Ahora, es bien diferente, morimos por un puñado de políticos ambiciosos. Su bienestar no es otro que cebarse con manjares y disfrutar con las más bellas doncellas. Demasiada lujuria es lo que existe en las alcobas reales. Nunca han querido darse cuenta de la realidad: nuestra gente muere de hambre, no por guerras.

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«Los cerdos ya están demasiado gordos, es hora de repartir la carne entre el pueblo», es lo que suele decir mi querido hermano Filotas. Razón no le falta, pero esta pasión algún día le costará la vida. Mientras tanto, seguimos a las órdenes de un Alejandro desaliñado, por culpa de sus excesos nocturnos. Vino, sexo y alguna que otra depravación es lo que, con seguridad, debe recordar en la batalla, cuando el resto damos la vida por él y su ansiado imperio. Ha perdido el rumbo, quizá sea el momento de que una espada perdida cambie nuestro rumbo. Ojalá algún dios se decida a ayudarnos.

 

 

Princesas, príncipes y viceversa

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El Príncipe Azul se despertó resacoso. Estaba desnudo en la cama, con un tremendo dolor de cabeza. Miró su iPhone para ver la hora, se dio cuenta de que tenía varias llamadas perdidas y un wasap de Rapunzel: «¿Dónde coño estás? ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Hoy estrenan en el cine Cincuenta sombras más oscuras». Estaba harto, muy harto de todas las relaciones que había tenido hasta el momento.

Su primera historia de amor, con Cenicienta, no terminó nada bien. Se cansó de ella a los pocos meses de matrimonio, porque lo de su mujer y la limpieza se había convertido en algo obsesivo-compulsivo, un síndrome de Estocolmo en toda regla: la lejía era el único perfume que usaba. En un principio intentó ayudarla, porque era cierto que la amaba con locura, pero, cuando ella decía eso de «¡Solo una chimenea más! ¡Te prometo que va a ser la última!», sabía que no iba a ser así. Estaba enganchada, era una yonki del detergente.

El tema con Blancanieves fue mucho más doloroso, porque cierta tarde la pilló en la cama mientras jugaba al teto con Gruñón; si se hubiera tratado de cualquiera de los otros enanitos, quizá el príncipe lo hubiera superado con el tiempo. Pero no… ¡con Gruñón no podría olvidarlo jamás! Siempre le había parecido un engreído y lo odiaba.

Rapunzel le parecía una niña muy bonita (tenía casi diez años menos que él). Llevaban poco tiempo saliendo. El sexo con ella era fascinante, pero él siempre fantaseaba viéndola con el pelo corto, tanto como el de la reina Cersei. En alguna ocasión, se había tocado a solas mientras pensaba en esa imagen. El único problema que tenía es que no la amaba y no sabía qué hacer para que la historia no terminara con perdices en el menú (las había aborrecido).

El Príncipe Azul, con un enorme dolor de cabeza, miró hacia un lado de la cama y sonrió. Maléfica estaba junto a él, completamente desnuda. Habían empezado a flirtear justo en el mismo momento en el que coincidieron en el plató de un famoso programa de televisión, al que acudieron como tertulianos. A él le gustó de ella su temperamento; a ella le agradó la juventud y el excelente físico del príncipe (como dijo él en la entrevista, la tableta ventral era gracias al hábito de hacer quinientas abdominales diarias).

Le pareció muy irónico verla dormir tan profundamente, tras los tres majestuosos polvos, se había convertido en la Bella Durmiente; a pesar de su mal genio, era bonita de verdad. Acarició con sumo cuidado toda la desnudez de la mujer y, al notar los pezones en las yemas de sus dedos, sintió cómo su falo real se alzaba. Apartó la mano de ella, reservando la excitación para cuando Maléfica se despertara. Cogió el móvil, respondió el mensaje de la peluda: «Mi caballo tiene matrícula par, hoy no puedo circular por el centro. Es imposible pasar a recogerte. Lo dejamos para otro día». Justo en ese momento, se despertó la amante. Lo miró sonriendo, algo muy extraño. «Buenos días. ¿Listo para desayunarte la manzana?», le dijo ella. El príncipe, sin llegar a responder, se sumergió bajo las sábanas buscando la fruta prohibida. Lo acababa de tener claro: no era lo mismo bajar, que subir trepando por un torreón para llevar a Rapunzel a ver una película cutre. Prefería estar allí abajo, entre las penumbras, buscando el mismo tesoro que había catado unas horas antes. Sin darse cuenta, se había pasado al lado oscuro, y eso le encantaba muchísimo. Ya no era azul, ahora era negro… tan negro como el seto de Maléfica.

@SowieConnelly

Cambios

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Se miró una vez más al espejo. En la prensa escrita decían que su cara aburría muchísimo. Había perdido casi treinta quilos desde el último 26 de diciembre. Una dieta de esas chungas, que junto a una tabla severa de ejercicios físicos, lograron un cambio radical. Para ser un anciano, estaba muy fibrado: “¡Que te den, Gianluca Vacchi!”, musitó. Pero él, se había ganado a pulso su sorprendente metamorfosis, sin ciclos vía intramuscular. No, él no era un tramposo. Pero no estaba contento con su cara. Frente al cristal, desnudo, meditaba qué hacer para que su rostro casara con el cuerpo. Sin pensarlo mucho, cogió unas tijeras y empezó a cortar la frondosa barba blanca, hasta que pudo usar una cuchilla y afeitarse. Lo hizo, sin más. 

Echó una carcajada al ver que su barba había desaparecido. En su lugar había una atractiva perilla. Se quitó las gafas y se puso unas lentillas. Diez o quince minutos tardó. La tediosa tarea valió la pena, porque por primera vez en décadas, sus ojos de color azul destacaban sin un armazón que cubriera su atractivo.

Se enfundó unos pantalones de cuero negro que le hacían un culito prieto, tan apetecible, que su mujer se contuvo mordiéndose los labios; The Kiss hubieran muerto de envidia. Para hacer contraste, se puso unos botines y una chupa de color rojo. Se perfumó y dijo frente al espejo eso de “Huelo como un tío, tío”.

Lo que más le fastidió fue deshacerse de sus renos. Los dejó libres en un paraje protegido de Laponia. Nunca los maltrató. Los amaba, por eso sintió mucha pena, pero no estaba dispuesto a que lo denunciaran por maltrato animal.

Sacó del garaje un quad (eléctrico, claro está) del que arrastraba un remolque cargadísimo de regalos. Arrancó el motor y lanzó un beso, desde la distancia, a su mujer. Miró el reloj,  se acababa de dar cuenta de que era tarde. “Al lío”, posteó en su Facebook. Sin mirar atrás, empezó su trabajo, renovado, con muchos cambios. Para bien o para mal, acababa de romper la odiosa monotonía navideña.

Pago por adelantado

Sheryl Montana, apesumbrada, entró vestida de luto en el local de un bajo comercial del viejo barrio de Storyville. Eso sí, lo hizo con la belleza y glamour que tanto la caracterizaba: su cuerpo, joven, se estilizaba tras un elegante vestido de Chanel y unos bonitos zapatos de tacón fabricados por un excéntrico zapatero turco. Ocultaba sus ojos tristes, siempre tras unas enorme gafas de sol diseñadas por la modista Carolina Herrera. Una pija en toda regla, sí, como sus andares neoyorquinos sacados de Upper East Side. Acababa de llegar a New Orleans desde New York. Un viaje bastante largo con un propósito extraño, tanto, que las piernas no dejaron de temblarle desde que leyó el letrero del negocio: «Madamme Bubba Louise: libros, hechizos y otros contactos». Estaba allí por eso, no por los libros, porque en realidad solo leía la revista Vogue, sino por esa frasecita que le había irritado el estómago al leerla por lo bajini: «Otros contactos…». La recibió una mujer mayor, con una redondez perimetral muy pronunciada, tal vez y sin exagerar como la tripa de un hipopótamo, y piel más oscura que aquel lugar. Sin duda, le faltaba una ventana mucho más grande o un par de focos para que el sitio estuviera decentemente alumbrado. Y pese a que la falta de luz le aterraba, más lo hizo las numerosas estanterías repletas de objetos raros que no se podían apreciar del todo bien: rastras de ajos, botes en alcohol con sapos en su interior, cráneos de macacos (o eso quiso creer ella) y muñequitos sin rostro hechos con paja. Eso sí, le resultó un alivio ver un letrero que decía «Se acepta American Express».

—Se paga por adelantado —le dijo la anciana.

Sheryl no se quejó. Sacó la tarjeta de crédito de su billetera, y sin preguntar el precio, se la dio a la dueña del local. Marcó un dígito con varios ceros y procesó el pago.

—Listo —dijo la vieja, sonriente. Acababa de engordar su cuenta bancaria algo más que su propia cintura.

Hizo pasar a la chica a otro cuarto mucho más diminuto. Allí había una pequeña mesa en el centro del salón, junto a dos sillas. No había ninguna ventana, solo una pequeña lámpara colgada en el techo que daba una luz roja. El olor era apestoso: numeroso moho cubría las paredes del lugar. Sheryl hizo intento de parar una arcada. A la vieja le resulto graciosa la imagen.

—No te preocupes, niña. El moho canaliza las energías… es la puerta al otro lado.

La hizo sentarse y le pidió que contara qué era lo que necesitaba en concreto. La neoyorquina fue directamente al asunto. No quería alargar más de la cuenta su estancia.

—Mi novio falleció antes de decirme algo importante.

Su ex, un importante empresario con casi veinte años más que ella, murió en una de esas noches en que las parejas se dedican amor profundo, con las yemas derrapando rincón a rincón; con las lenguas enlazadas buscando el salitre más escondido del amor. Era evidente que ella, aunque pudiera sentir cierto amor por él, no era más que una interesada que supo atraparlo, pero que lo perdió todo (la fortuna de él sobre todo) cuando él murió entre sus piernas sin haberla llegado a nombrar heredera de su mansión en Dallas, ni de toda la fortuna que arrastraba su apellido.

—Entiendo. No necesito más detalles. Dame tus manos, cierra los ojos y piensa en él.

Hizo todo lo que le pidió. El silencio dejaba percibir los ladridos de un perro callejero que se quejaba por no haber encontrado nada para comer. Por un momento, abrió los ojos y vio a la anciana concentrada. No decía nada. Volvió a cerrarlos justo después de pensar que todo aquello era una chorrada y que la habían timado. Se engañó.

Una extraña ventisca movió la lámpara. Allí no había ningún hueco por el que el aire de la calle se pudiera colar para hacer lo que había hecho. Sheryl lo sintió. Algo rozó su largo y bonito cuello; lo supo, fue una caricia. Asustada abrió los ojos y, entonces, el pánico se apoderó de ella. Se encontró con la vieja sonriendo. Tenía los ojos abiertos de par en par, aparentemente en cualquier momento podían salirse de sus cuencas. La médium permanecía callada. La joven intentó levantarse para marcharse, pero una extraña voz aguda salió de la boca de la hechicera.

—Bomboncito, ¿dónde vas?

Quedó paralizada. Solo había una persona que la llamaba así y ya no estaba en la tierra.

—Sigues igual de estupenda que siempre —dijo un ente que se apoderó del cuerpo de la vieja.

—¿Eres tú? —musitó Sheryl.

—Claro, bomboncito. ¿Ya no te acuerdas de mí?

Ella se echó las manos a la boca, asombrada. Hubiera llorado, pero no de amor sino de pánico.

—¿Para qué me has clamado? Sabes que siempre es un gusto verte, pero esto ya no es lo mismo. ¡No está bien!

Soportó la reprimenda como una adolescente por llegar más tarde de la hora acordada con los padres.

—Solo necesitaba saber una cosa. Antes de… —hizo una pequeña pausa— morir, querías decirme algo. Nunca lo hiciste y necesito saber qué era.

La anciana se levantó despacio y se acercó hasta Sheryl. La cogió de las manos y la hizo levantarse de la silla. Ambas quedaron frente a frente. La joven era bastante más alta que la médium.

—¿Me amas? —Le preguntó el ente a su ex.

Ella dudó en qué decir. Simplemente había acudido hasta allí para que el difunto le dijera dónde encontrar toda su fortuna. Esa pregunta la descolocó, demasiado.

—Sí.

—¿Hasta el infinito y más allá? —preguntó una vez más la poseída.

Sin pensar mucho, respondió nuevamente.

—Sí, claro.

La vieja sonrió. Cogió a la pija por la cintura y con un leve empujón se la cercó hasta sus labios. La besó con ganas mientras sus manos se resbalaron por la cintura de la joven, hasta el trasero. Le cogió con fuerza las nalgas mientras la achuchaba contra ella. El beso se convirtió en largo y placentero para ambas. Cuando el ente se encontró saciado, se apartó lo justo para mirarla a los ojos. Ella, mientras se reponía de algo imprevisto pero gustoso, se sintió avergonzada a la vez que esperaba una respuesta.

—Pues que así sea —dijo él en boca de la anciana, y sin soltar a su querida, empezó una extraña función.

La luz, de repente, inició un continuo parpadeo. Sheryl escuchó una voz gutural que la aterró: «Si me quieres, me acompañarás». Ella intentó apartarse, pero la vieja tenía una fuerza descomunal. No pudo quitársela de encima. Gritó, pero de poco le sirvió, porque la mujer rechoncha la miró con gula. Tanto que, abrió la boca y de una manera impensable, se hizo monstruosa. Se la comió, así, sin más. Todo el delicado cuerpo de la neoyorquina, empujado por pura magina negra, entró por la boca convertida en unas gigantescas fauces.

Cuando la vieja recobró el conocimiento, no recordaba por qué estaba allí, saciada, con su enorme tripa llena. Apagó la luz y salió de la habitación con una enorme pesadez en el estómago. Eructó. Nunca llegó a entender por qué ningún cliente salía de allí dentro, pero sí supo que fue una gran decisión eso de cobrar por anticipado, porque al fin y al cabo, su trabajo, bien o mal, estaba hecho.

Los ángeles no tienen sexo

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Ha pasado mucho tiempo pero lo recuerdo a la perfección: seis de marzo de mil novecientos ochenta y cinco; diez de la mañana, ingreso en maternidad. Al fin, tras nueve meses llenos de dolores y placer, iba a ver tu cara, la de mi bebé. Te esperaba con mucha expectación, porque jamás me dijeron tu sexo. Bueno, no es cierto del todo. Las vecinas mayores de la calle me hicieron un juego de esos extraños en los que te aseguran si vas a tener un niño o una niña: las tijeras cada vez decían una cosa. Lo peor fue buscarte un nombre. Tardamos en ponernos de acuerdo, pero al final lo hicimos: Lucía en caso de ser chica y Vicente si al final eras chico.

¿Sabes? Fue muy emocionante descolgar el teléfono y llamar a tu padre al trabajo. Aún recuerdo lo nerviosa que se puso la recepcionista al decirle que estaba de parto y que le necesitaba a mi lado. No tardó en llegar a casa, y con su flamante  Seat 127 me bajó a todo gas hasta el hospital. Todavía logro sonreír al recordarlo: «¿Ha roto aguas?», preguntó la enfermera del mostrador. Entonces tu padre, con el humor que tanto le caracteriza le dijo: «¡El Sichar al completo!».

Cuando me hicieron pasar al paritorio se convirtió en algo muy duro. Sentía tus ganas por salir y encontrarte con nosotros. Estaba agotada, y tu papá se mostraba más nervioso que yo. Era gracioso contemplar a las enfermeras intentando calmarlo. «Tranquilo, todo irá bien», le escuché decir a una de ellas. Y todo iba fenomenal hasta que empecé a  empujar. Perdí la conexión contigo y desfallecí. Saliste de mi vientre sin llegar a percibir la luz. No me hizo falta ver al ginecólogo para saber que no iba a poder disfrutar de ti. Sus palabras tampoco me sirvieron de consuelo, poco antes noté que te marchabas de mi lado para siempre.

Por eso cada seis de marzo lo celebro con nostalgia y resignación. Porque me lo diste todo sin haber pasado  el tiempo que deberíamos haber tenido para nosotros dos. Porque aunque tu destino no estaba escrito a mi lado, me enseñaste a sentir y a vivir como una madre primeriza. Mis lágrimas así lo aseguran todas las primaveras al recordar tu rosada y pequeña cara angelical. Nunca me cansaré de clamar al cielo por ti. Los años pasan pero una madre no olvida. Algún día sé que marcharé para estar a tu lado, y entonces te arroparé con mis brazos. Te cantaré la misma nana que escucharon tus hermanos: «run, run, run, mi bebé mira al sol; run, run, run cantaremos tú y yo»,  luego te besaré. «Mamá te quiere», nunca lo olvides.